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	<title>Alejandro Kaufman archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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	<description>Una Revista de Opinión</description>
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	<title>Alejandro Kaufman archivos - La Tecl@ Eñe Revista</title>
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		<title>Sobre el derecho a la existencia &#8211; Por Alejandro Kaufman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 Jul 2019 13:29:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[derecho a la existencia]]></category>
		<category><![CDATA[Derecho al trabajo]]></category>
		<category><![CDATA[desempleo]]></category>
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		<category><![CDATA[neocapitalismo]]></category>
		<category><![CDATA[renta básica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Alejandro Kaufman propone en este artículo traer a la atención el debate procedente de sociedades opulentas, sobre el trabajo y la relación de dependencia del asalariado, el derecho a la existencia y la renta básica incondicionada, que hasta ahora ha sido abordado entre nosotros como paliativo de las más graves y extremas situaciones de desposeimiento y desamparo. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>Alejandro Kaufman propone en este artículo traer a la atención el debate procedente de sociedades opulentas, sobre el trabajo y la relación de dependencia del asalariado, el derecho a la existencia y la renta básica incondicionada, que hasta ahora ha sido abordado entre nosotros como paliativo de las más graves y extremas situaciones de desposeimiento y desamparo. Debería ser hora, afirma Kaufman, de llamar la atención sobre lo inaceptable que es en la actualidad la mera perseverancia en la extorsión y la amenaza que significan las consecuencias inapelables del desempleo para las multitudes.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Pocas cosas son tan discutibles hoy en día como lo es la idea del progreso indefinido y lineal en el curso de la historia. Si por un lado nos criamos arrullados por el canto del futuro pródigo, por el otro al crecer constatamos la reiteración de las desgracias. Y, sin embargo, nuestras sensibilidades y percepciones cambian en un sentido, con todo lo incoherente, contradictorio y dolorosamente desalentador que sucede. No aceptamos la esclavitud, ni la tortura, ni el asesinato de multitudes bajo bombardeos aéreos. Cada uno de estos actos ha sido consentido de un modo u otro por grandes mayorías, durante más o menos tiempo, en épocas más o menos modernas, siempre al lado de minorías disconformes, para llegar a una actualidad en que se supone que el sentido común considera criminal cada una de esas prácticas. La extensión del campo perceptivo acerca de lo que es inaceptable se difunde de modo inadvertido, hasta que un día se naturaliza la abolición de la esclavitud, la penalización de crímenes masivos, la prohibición de la tortura (aun cuando hoy estemos sin embargo asistiendo a un aire restaurador de tales horrores). Todo ello estuvo rodeado en cada caso de interminables debates, de defensores y detractores, hasta instalarse la sensación de que cada uno de los logros alcanzados estaba destinado a la eternidad.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Sobre ese fondo difuso de las memorias, antiguas o más recientes, se abre camino en la actualidad, entre tantas otras que no es el caso discutir aquí (como sucede con los derechos del ambiente, la naturaleza, el mundo que habitamos, continuamente avasallados todavía y ¿hasta cuándo?), se abre camino una <em>nueva percepción</em> que concierne al trabajo en el capitalismo. Al esclavo o al siervo se le destinaban diversos castigos e infortunios, en modo alguno carecientes de gravedad, pero no podían <em>perder el empleo</em>, no podían ser despedidos de su relación con el amo o el señor. Claro, eventualmente podían ser despedidos de la vida, pero en apariencia hemos conquistado la vida como derecho. Sin embargo, es una conquista parcial, vacía e insuficiente si la consideramos en relación con el <em>derecho a la existencia</em>. Para nuestra percepción actual, vida y existencia no son sinónimos. La existencia no es la mera supervivencia biológica. Respetar la vida biológica puede ser el portal del infierno si la existencia se arroja al infortunio aunque se conserve la mera vida. Y es de ello de lo que se trata cuando la relación de dependencia del asalariado puede interrumpirse por razones, voluntades o avatares ajenos a los afanes y responsabilidades del trabajador, para verse éste enfrentado a un limbo de indignidad y desposeimiento, al encierro en una marginalidad y miserias inapelables, porque en un mundo cada vez más blindado en las fronteras entre los países hay menos lugares adonde ir, tanto por semejantes restricciones de las soberanías como porque la urbanización generalizada del globo excluye cualquier otra opción habitable por fuera de las matrices biotécnicas. El desempleado, el excluido, el indigente, el desposeído se encuentra en su tierra como en una prisión, sometido a una mortificación incalificable. Entonces, si en el capitalismo el espectro del desempleo fue consuetudinariamente una extorsión, hoy en día, bajo el techo que nos ampara con el discurso de los derechos humanos, encontramos una vacancia decisiva que de manera creciente se nos presenta como inadmisible: la del desempleo (por lo general llamado de modo ideológicamente sesgado como desocupación). Ante ello es que ha surgido hace ya varias décadas (aunque los respectivos debates comenzaron al menos hace cerca de cuarenta años su genealogía es mucho más antigua) una demanda a la vez radical y moderada, una gran transformación dentro del sistema capitalista sin ser revolucionaria, una utopía módica, un gran cambio potencial en la vida de millones que por ahora no es más que una esperanza y un debate. Se trata de la llamada <strong>renta básica </strong>incondicionada<strong>,</strong> entre otras denominaciones que recibe, como ingreso ciudadano o <em>basic income</em>&#8211; algunos de sus promotores dicen que con llamarla renta básica tiene que ser suficiente-: una remuneración que se percibe sin condiciones por el solo hecho de existir y que debe bastar para vivir modestamente sin empleo, no importa si por necesidad o por elección. El empleo se convierte entonces en una forma de vida por la que se podrá optar a fin de participar con plenitud o con mayor intensidad en la vida social del consumo, pletórica de estímulos y promesas, o se hará posible también renunciar a todo ello -de modo transitorio, prolongado o indefinido-, y dedicar el tiempo, el uso del tiempo, al propio destino forjado por sí.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Este tema ha dado lugar a múltiples debates que abarcan diversos aspectos, sobre todo acerca de la factibilidad de llevar a cabo semejante realización económica. Hay adherentes y detractores, tanto en el plano económico como moral. Hay una moral del empleo que la renta básica incondicionada pone en tela de juicio, en la medida en que otorga privilegio a otra dimensión de la experiencia: el derecho a la existencia, que implica de modo fundamental, y aquí viene el punto de inflexión, la emancipación respecto del carácter imperativo del empleo, de la sujeción que supone la necesidad social de subordinarse a afanes por los que no se optaría si hubiera alternativa de vivir de otro modo. Se defiende con ello la libertad  molecular de las multitudes, tratadas como arena de la playa por la caución del empleo, absolutamente despreciables y sustituibles en tanto fuerza de trabajo, susceptibles de cancelación, reemplazo por máquinas, pero sobre todo, extorsión  bajo la amenaza de intemperie, indigencia y agonía que trae consigo el desempleo. Reforma laboral como desprecio de masas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">En este momento nuestro argentino, en que se habla de los trabajadores con miedo al desempleo como si de niños aquejados por terrores nocturnos se tratara, de miedos pueriles indignos de consideración en el mundo serio de los adultos, en este momento debería ser oportuno traer a la atención tal debate procedente de sociedades opulentas, y que hasta ahora ha sido abordado entre nosotros en una forma más bien filantrópica, caritativa, banal, o como paliativo de las más graves y extremas situaciones de desposeimiento y desamparo. Debería ser hora de llamar la atención sobre lo inaceptable que es en la actualidad la mera perseverancia en la extorsión y la amenaza que significan las consecuencias inapelables del desempleo para las multitudes. Mañana no habrá democracia digna de ese nombre sin renta básica incondicionada, hoy no la hay sin este debate, sin ampliar la conciencia, sin oponer resistencia a la forma cruel y malévola en que el desempleo se agita como fantasma para intimidar a las multitudes a la vez que se deniega el acto mismo en que se incurre en forma notoria, dado que la intimidación encubre su propósito y se hace pasar por un accidente. Lo más inquietante de tal debate, cuya presencia es sobreabundante en otros países, es por qué en el nuestro está tan ausente aquí y ahora, de modo tan extrañamente contrastante con lo que sucede en esos otros países que suelen además tomarse como referencia para tantas otras cosas.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Mentar el asunto abriría al menos la posibilidad de poner un límite a la creciente estigmatización sobre quienes no trabajan o no lo hacen del modo <em>correcto</em> eufemística e ilusoriamente llamado de <em>calidad</em> (cuanto más se promueve la precarización, más se proclama la pretensión de calidad del empleo en disminución). Omitir el debate sobre la renta básica del modo en que lo omitimos, mientras el tópico actual del trabajo permanece aprisionado de modo demencial entre <em>agarrá-la-pala</em> y <em>vienen-los-robots</em>, entre moral y vicio, entre nuevas servidumbres y tecnoapocalipsis, configura si no consentimiento al menos negligencia impotente frente a discursos de odio y estigmatización del desamparo. Urge poner en duda la imposición binaria, falaz y anacrónica, entre moral del trabajo y vicio del ocio por muchas razones, pero una fundamental ahora, que consiste en que confiere premisa a la estigmatización de las personas desempleadas, quienes han sido expulsadas del mercado de trabajo, y abona el talante neoesclavista con que se pretende someter al conjunto del colectivo trabajador en nombre del bienestar económico y de eso que llaman prosperidad, que no es otra cosa que la fruición acumuladora de riquezas de una minoría cada vez más exclusiva. Es todavía una idea, pero una idea que permitirá atenuar la violencia simbólica ejercida contra las multitudes vulnerables: el derecho a la existencia no depende de ninguna otra condición, como fue el caso del derecho a la vida. No podíamos quitarle la vida a nadie por distribución de recursos, pronto no le podremos negar a nadie el derecho a la existencia por razón alguna.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 24 de julio de 2019</span></p>
<p style="text-align: justify;"><em><span style="color: #000000;">*Docente universitario, crítico cultural y ensayista. Profesor en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes.</span></em></p>
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		<title>27F y sus alrededores &#8211; Por Alejandro Kaufman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 28 Feb 2021 19:07:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[bolsas mortuorias]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio Vertbisky]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[Marcha 27F]]></category>
		<category><![CDATA[vacunación]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La tanática performance del 27F en Plaza de Mayo tuvo la virtud de darle forma a una idea que necesita ser discutida y para ello sustraída al silencio que la sostiene a modo de premisa. La idea formulada por la performance, que se articuló con significaciones latentes en el colectivo social, impuso la noción de causalidad unívoca y directa entre sobrevida y vacunación; una ilusión, un error conceptual, una relación causa efecto que no existe de ninguna manera relevante. Se trata entonces, de aseverar que las vacunaciones en aluvión que tuvieron lugar no se pensaron a sí mismas como clandestinas ni inmorales, no obstante lo cual dieron oportunidad a la deriva expiatoria del sufrimiento colectivo. Las derechas no dejaron pasar la oportunidad.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong><em>La tanática performance del 27F en Plaza de Mayo tuvo la virtud de darle forma a una idea que necesita ser discutida y para ello sustraída al silencio que la sostiene a modo de premisa. La idea formulada por la performance, que se articuló con significaciones latentes en el colectivo social, impuso la noción de causalidad unívoca y directa entre sobrevida y vacunación; una ilusión, un error conceptual, una relación causa efecto que no existe de ninguna manera relevante. Se trata entonces, de aseverar que las vacunaciones en aluvión que tuvieron lugar no se pensaron a sí mismas como clandestinas ni inmorales, no obstante lo cual dieron oportunidad a la deriva expiatoria del sufrimiento colectivo. Las derechas no dejaron pasar la oportunidad.</em></strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La tanática performance del 27F en Plaza de Mayo tuvo la virtud de darle forma a una idea que necesita ser discutida y para ello sustraída al silencio que la sostiene a modo de premisa. Muchas reacciones frente a la performance tomaron nota de lo más ostensible que tuvo, que fue su componente de amenaza presente y profanación de la memoria. Ese componente se comprende sin dificultad por la firma de la performance, lo cual exime de mayores explicaciones en principio. Los autores de la performance, sin embargo, aclararon su mensaje, la escenificación de los cadáveres no manifestaba su intención de causar daño a nadie sino, por el contrario, dicen, denunciaba el daño causado por las personas vacunadas a quienes no habrían podido ser vacunadas en su lugar. Lo que hizo esa performance fue plasmar creencias, síntomas, incertidumbres colectivas sobre las relaciones entre acontecimientos, acciones y decenas de miles de muertes que nuestra sociedad carga sobre su conciencia. Las cargamos sobre la conciencia porque sabemos cómo evitar contagios y muertes, sabemos que hay otras sociedades que lo hicieron sin vacunas y antes de ellas, y deberíamos saber mucho más sobre las vacunas en lugar de confundirlas con salvavidas en un naufragio en el que habrían sido quitados a unas víctimas para dárselas a otras con el consiguiente saldo luctuoso. La performance expresa un sentimiento colectivo que fue por lo que se produjo el escándalo a partir del relato de Horacio Verbitsky. Ese sentimiento colectivo es confuso, es un padecimiento, contiene un estado de suspensión respecto de padecimientos expresados, y era previsible, desde hace ya mucho tiempo, que esas cargas libidinales estaban dispuestas como placas tectónicas para descerrajar un sismo mayor en cualquier momento. Encontraron su oportunidad en una ocasión de máxima ansiedad. Justo cuando se vislumbra la salida de la calamidad es cuando se produce la avalancha letal, al salir del letargo de la miseria de la que la vacuna nos promete salvación. No fue ajena a esta constelación algo que no sabemos si fue un error pero sí constituyó una precondición de la avalancha: haber anunciado la llegada de millones de vacunas, dar lugar a un estado de expectativa y enseguida haberla disipado por todas las dificultades conocidas y explicadas. Esta razón por sí sola había colocado al ministro Ginés en posición de fusible a la espera de su salida, sin perjuicio del desgaste de un año de pandemia.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La idea formulada por la performance que se articuló con significaciones latentes en el colectivo social impuso la noción de causalidad unívoca y directa entre sobrevida y vacunación; una ilusión, un error conceptual, una relación causa efecto que no existe de ninguna manera relevante. Si las defensas y argumentaciones presentadas en relación con el escándalo tienen dificultades en sostenerse es porque no atacan el punto decisivo: haberse adelantado en la fila no tiene ninguna relevancia epidemiológica, ninguna trascendencia moral, no arroja a nadie a ningún <em>infierno ético</em>.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hay que prestar atención al hecho de que hay una convicción culposa tan instalada sobre lo que la performance de <em>Unión Republicana</em> puso en escena, que se difundió junto al escándalo la interpretación de que Horacio Verbitsky no podría haber solo relatado su vacunación sino que tenía que responder a una trama siniestra, conspirativa, a un complot criminal de grandes alcances, lo cual se correspondía con la premisa de la relación uno a uno entre persona vacunada y salvada versus persona no vacunada y muerta.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Lo que nos tiene que inquietar es porqué, como nos fuimos enterando, no solo Horacio Verbitsky no creía haber hecho nada malo, sino que ninguna de las personas vacunadas lo creía, ni el ministro, ni nadie. El escándalo no encontró un correlato en el campo especialista respectivo. Quienes de ese campo salieron a atizar el escándalo lo hicieron con argumentos morales, de gestión y administrativos, no con argumentos epidemiológicos, que eran los esperables si se tratara de un crimen transgresor haber avanzado en la fila. Quien formuló el despropósito del infierno ético, dos frases antes fulminó a quienes hablan sin saber sobre estos temas. Y todo esto es porque efectivamente no hay mal alguno en haber avanzado en la fila, no porque sea una falta menor avanzar en una fila, o porque por bizquera política se miren unos pecados y no otros, ni tampoco porque con el escándalo se haya tapado la distribución sesgada por clases sociales en CABA. Digamos de paso que esa distribución sí es reprochable y gravosa desde el punto de vista epidemiológico porque somete la vacunación de grandes números a preferencias de disponibilidad económica y social. La clave en la problemática epidemiológica es de grandes números, es decir, de miles de personas, decenas de miles, millones.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No es una falta menor haber avanzado en la fila <em>porque no existe una fila</em>. Ese es el punto. Y esto lo sabe el dispositivo vacunatorio. El dispositivo vacunatorio no nos pone en fila. Los criterios de precedencia son parcialmente epidemiológicos. Vacunar a docentes es un criterio basado en una política de apertura de las escuelas, cosa que podría no haberse hecho de la manera en que se encaró, etc. No es una fatalidad abrir las escuelas de manera frenética e irreflexiva, como sí lo es vacunar a quienes son más vulnerables o tienen una exposición laboral, profesional o política a la circulación del virus. Este último debate es político, administrativo y de gestión, no es un debate moral.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">No hay una fila porque no somos un ejército alineado frente al virus. Frente al virus somos un rebaño. Y entonces hay que decir algo sobre esta palabra.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://bucket2.glanacion.com/anexos/fotos/64/3640064w960.jpg" alt="Así se vive en las redes la marcha del #27F - LA NACION" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">¿Qué significa la metáfora del rebaño? Muchas personas se han expresado en múltiples escritos e intervenciones sobre esta palabra. De ello inferimos que prevalece un sentido alusivo a la agrupación gregaria, el conformismo, la pasividad, la subordinación de acuerdo con la crítica cultural modernista, paralela a olas feministas precedentes, no la actual, y anterior a la contemporánea revolución posthumana que reconoce a las personas no humanas. La palabra rebaño (y sus respectivos derivados pastorales) tenía una connotación negativa en relación con un enfoque acerca de lo animal que, hoy, época de los derechos de lo viviente, ya no tiene vigencia. La crítica posthumana de las disciplinas cognitivas nunca las arrojó al cesto de la basura, como parecen creer algunas conciencias desprevenidas, sino que hizo dirimir los conflictos de la modernidad y de su posterioridad en el interior de las disciplinas. A ello se debe que muchas veces autores de la biopolítica hayan aclarado que no estaban en contra de las teorías marxistas, ni de la educación moderna, ni de la vigencia institucional en general. Sobre la institución a la que más han vituperado con toda razón, es de la que menos se habla en la asimilación conservadora de la crítica posthumana, que son las prisiones. Dicho esto porque en la epidemiología la noción de rebaño no tiene un carácter peyorativo como no la tiene en el pensamiento evolucionista desde sus inicios.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Los rebaños son asociaciones poblacionales de las que señalaremos aquí el rasgo significativo para la presente discusión: permiten defender a sus integrantes de sus antagonistas predadores en la cadena trófica. El rebaño basa su fuerza en la vulnerabilidad de sus integrantes individuales, que reunidos, imponen la fuerza del número, ya sea que se muevan a cierta velocidad por la masa desplazada, o por la mera presencia multitudinaria que sirve de segura protección a las crías, que se mantienen protegidas por la masa.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">La epidemiología adoptó la noción de rebaño en forma correlativa con el pensamiento sociológico acerca de las masas. Vimos masas en el mundo animal cuando las conformamos como especie, y de ahí entendimos de nuevas maneras, para bien y para mal, múltiples acontecimientos y procesos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">De modo que “inmunidad de rebaño” no es una expresión peyorativa, ni “darwinista” aun cuando algunas derechas pretendieron prescindir de medidas de aislamiento al principio de la pandemia sin saberse todavía que tal cosa no iba a ser posible. Como las derechas son darwinistas en el mal sentido de esa palabra (de lo cual no tiene responsabilidad alguna Darwin), y consideran normal sacrificar a parte de la población en favor de las clases dominantes, el uso modernista de la palabra rebaño sumado a estas actitudes insolidarias de la derecha condenó al término de modo indebido en muchas de las intervenciones durante la pandemia.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Y lo cierto es que la fila es una forma de organización proxémica propia de las pulsiones tanáticas. Se hace fila por razones disciplinarias, de orden cerrado, administrativo, autoritario. No todas las sociedades ni en todas las ciudades hay la pasión que hay en la nuestra por hacer fila, ni por moralizar la cola de modo que hace residir en la ética de la fila una metáfora lineal de la vida social.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Al rebaño lo vemos de otra manera de la que nos advierten también como indicio las ciudades en que para abordar el transporte público la gente no hace una fila sino que se dispone en rebaño. La aglomeración aluvional, aparentemente desordenada, es propia de las formas populares de reunión. Así es como ocurre en las marchas políticas o sociales, en los corrillos del teatro callejero (a diferencia de las salas formales con sus filas), o del llamado paraíso en el Colón. El rebaño es asunto de las gentes más espontáneas, o desamparadas, o vulnerables cuando se reúnen. Y la fuerza que componen es una de las más temibles y temidas en nuestros tiempos contemporáneos. De ahí que se las haya llamado “masas” y considerado una gran fuerza silvestre, ambivalente y destinataria del pensamiento y la acción política.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Una de las claves de este asunto es que los virus no son venenos ni agentes físicos, sino entidades limítrofes entre lo viviente y lo no viviente, aunque esto no es lo relevante porque la noción referida se aplica en general a diversos microorganismos que interactúan con sus huéspedes, que pueden ser de otras especies o de la nuestra. Aplicamos vacunas también a otras especies. En todos los casos las vacunas nos habilitan para interactuar de modo conveniente para nuestra especie con el agente que nos resulta nocivo, como es el caso del coronavirus. Las vacunas no son un antídoto sino un agente de inmunización. La inmunización no es una marca o un sello en un pasaporte, sino un proceso que lleva su tiempo, como ya todo el mundo sabe muy bien respecto de la actual pandemia, proceso que tiene una cierta eficacia individual, pero que cifra su perspectiva en instalarse de modo predominante en una población. Por eso la vacunación puede ser voluntaria y no obligatoria, porque no es necesario, ni siquiera conveniente, ni tampoco posible, por diversas razones, vacunar a toda la población. En una situación como la actual hay que vacunar al mayor número de personas en el menor tiempo posible (en base a magnitudes proporcionales postuladas). Vacunar no resuelve la pandemia, aunque otorga cierta protección primero a quienes antes la reciban. Sin duda este punto no es indiferente, pero no es como recibir un salvavidas en un naufragio, porque es posible resguardarse del coronavirus por otros medios, y sobre todo porque el resultado favorable de todo un proceso de vacunación es colectivo, poblacional. Ello incluye el hecho de que aun después de haber recibido la vacuna y tener protección individual es posible ser responsable de matar a otras personas al diseminar el virus y contagiarlas aun sin saberlo. Esta es una razón más por la que no hay una correlación causa efecto unívoca entre vacunaciones y muertes.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img decoding="async" class="aligncenter" src="https://images.theconversation.com/files/376649/original/file-20201226-49525-1cmycla.jpg?ixlib=rb-1.1.0&amp;rect=21%2C386%2C4751%2C2375&amp;q=45&amp;auto=format&amp;w=1356&amp;h=668&amp;fit=crop" alt="Vacunas covid-19: Si no lo haces por ti, hazlo por el rebaño" /></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Las vacunas son materializaciones del lazo social. Como en pocas ocasiones en ellas se realiza un vínculo de inmanencia entre individuo y sociedad, inseparables pero divergentes. Es por todo ello que adelantarse en una supuesta fila no es tal porque no hay una fila sino muchedumbres, cierto que con diferencias y precedencias en términos generales (pero esto vale para grandes números). Digamos aquí también, por ejemplo, que el solo hecho de que cuando se aplican dosis de vacunas refrigeradas y falta alguien en un turno, con tal de no desperdiciar el sobrante se le aplica a cualquiera. La idea de auditar las vacunaciones o de justificarlas obsesivamente carece de toda racionalidad y utilidad. Ha servido solo para salir del paso en una circunstancia crítica. Cada medida de control de las personas que pudo haber servido para limitar la circulación del virus fue resistida con barricadas de libertad y antiautoritarismo, y en cambio ahora está tan bien hacer listas de personas vacunadas. La contradicción es manifiesta. Cuando los protocolos eran protectores había que derribarlos en nombre de la libertad. Cuando los protocolos conforman un plan de vacunación hay que auditarlos de manera policíaca para que nadie se adelante. Es un disparate fáctico que sin embargo debe ser respetado por razones afectivas, por el miedo, por el dolor, por el duelo. No son malas razones pero no eran puntualmente predecibles.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Por fin: al capitalismo neoliberal no le gusta la lógica del rebaño, y por eso no le interesan las vacunas. Es incauto suponer que son un gran negocio. El gran negocio farmacéutico es medrar con la escasez, el diferencial entre abundancia e indigencia. Esto lo saben quienes no se subordinan a los grandes capitales. Vacunar a toda la población no es un negocio porque no hay diferencial competitivo con la escasez como sucede con todos los grandes negocios. Nos confundió un lapso transicional en el que todavía hay escasez de vacunas para el coronavirus. Es esperable que se supere. No es casual que sean países socialistas lo más dispuestos a vacunar, porque vacunar a toda la población es connatural con el socialismo, con los populismos, o con fracciones socialdemócratas o laboristas, y no con el capitalismo llamado neoliberal. Las exigencias desmesuradas de algunos laboratorios pueden no ser porque quieran ganar mucho y arriesgar poco, sino porque no les interese escalar este tipo de producción y no quede bien que se note, entonces requieran garantías desmesuradas que saboteen los acuerdos.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Hay tanto que discutir y que pensar. Por ahora aquí se trata solo de aseverar que las vacunaciones en aluvión que tuvieron lugar no se pensaron a sí mismas como clandestinas ni inmorales, no obstante lo cual dieron oportunidad a la deriva expiatoria del sufrimiento colectivo. Las derechas no dejaron pasar la oportunidad. Ante ello estuvimos en estado de desprevención. Como siempre, el trabajo emancipatorio es de más largo aliento y perseverancia que la dominación opresora, que sigue el camino que la historia tiene labrado a su favor.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 28 de febrero de 2021.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Profesor universitario, crítico cultural y ensayista. Es profesor titular regular en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales</span></p>
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		<title>Horacio &#8211; Por Alejandro Kaufman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Jun 2021 18:01:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Horacio González]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El ensayista Alejandro Kaufman despide a Horacio González, el manantial que cesó de fluir y nos interroga con su ausencia.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/horacio-por-alejandro-kaufman/">Horacio &#8211; Por Alejandro Kaufman</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong>El ensayista Alejandro Kaufman despide a Horacio González, el manantial que cesó de fluir y nos interroga con su ausencia.</strong></em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;"><em><strong><span style="color: #000080;">D</span></strong>uelo</em>. Largos años, ese hábito de cada tanto el compromiso con alguna reunión organizada por Horacio para exponer o presentar, o con alguna publicación donde escribir, o con alguna conferencia, o con alguna entrevista. Siempre una fecha próxima para la que preparar. Ahora la fecha está atrás, pasó, ocurrió lo irrepetible acerca de lo que ya no volverá a suceder. Insondable pena, enojo con el mundo y el lazo social que no lo pudo impedir, resistencia a aceptar lo ineluctable, serenidad perdida frente al recuerdo de un Horacio siempre calmo en el dolor. Después de engendrar océanos el manantial cesó de fluir. Su aura nos interroga sobre qué es lo que cesó de tamaña presencia. Libros, artículos, memorias, afectos, escritos múltiples, hasta videos: todo ello perdurable, destinado como estaba a tal fin. Falta lo que falta con toda ausencia, pero ¿qué más falta cuando Horacio falta? Hay varios Horacios, el textual, el oral, el performático, el político, el docente, el funcionario, el entrevistador y el entrevistado, y debe haber más. En todos fue hospitalario, afectuoso, escuchador, igualitario, generoso, compañero. En todos se ganó afectos masivos. En ninguno hizo transacciones reprochables y en todos mantuvo una integridad ejemplar. El manantial que cesó de fluir nos interroga con su ausencia. ¿Qué sustrae su ausencia? ¿De qué nos priva? Nos priva de su gravitación como reciprocidad. Se ausentó un sol gnóstico, uno que al atraernos se retrae, se aparta para dejarnos lugar. La exención de toda violencia, jerarquías, barreras, categorías o privilegios que la reciprocidad hace posible es tributaria de su generosidad. Generosidad no es un buen término porque no es concesión ni gracia sino la figuración de un campo gravitacional. Somos acreedores de una instancia conversacional de la que no sabemos qué puede hasta que nos acercamos a su inspiración, a la que nos invita, del modo hospitalario que sabemos. Horacio fue oficiante de lo que llamaba conversación como acontecimiento cultural, como evento del común, no como liturgia recurrente cristalizada. Hablas vivientes, nunca protocolos que seguir. El sistema gravitacional de Horacio -su principio de reunión- no era solar con un centro a cuyo alrededor se circunvalara sino un colectivo de astros recíprocamente girantes respecto de los cuales él era el anfitrión dotado de una intensidad inagotable. El sistema de igualdad que habilitaba no era de simetrías ni de equidades banales sino de fuerzas que se oponían en toda su intensidad sin daño ni sujeciones. Ese era el juego que Horacio era capaz de suscitar, y que esperamos, deseamos que prosiga como el rescoldo estelar que no puede sino acompañarnos en su ausencia. Horacio abogaba por pensar antes que por concluir, por diferir la pena antes que por ejecutarla, por la espera antes que por el juicio sumario. Máquina performática entonces, máquina vanguardista y arqueológica, máquina social, estética y política que no dejó indiferente a nadie que lo leyera o escuchara. En su huella, «intelectual» es una palabra agonística que describe a quien tenga pudor o vergüenza por no saber o por no entender, por lo que entonces lee y escucha para saber y entender. Y después están quienes escriben y hablan sin pudor ni vergüenza: estos viven en el Paraíso. El prodigio cesó, su irradiación es imborrable, aquello que enlazó permanece como suspendido en el aire, un levitar a la espera de su prosecución, de su legado. La muerte sella con su sigilo el tiempo perdido. Suscita cosas tan diferentes: novelas, ensayos, rondas y cavilaciones. También silencios y plegarias.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">Buenos Aires, 29 de junio de 2021.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="color: #000000;">*Ensayista.</span></p>
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		<title>El negacionismo no es una opinión sino un crimen &#8211; Por Alejandro Kaufman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 25 Apr 2022 14:21:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[genocidio]]></category>
		<category><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></category>
		<category><![CDATA[negacionismo]]></category>
		<category><![CDATA[Nunca Más]]></category>
		<category><![CDATA[racismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El negacionismo no es una opinión sobre exterminios y genocidios sino que es la continuidad de esos crímenes bajo otras formas. Es por ello que en los países donde esos hechos tuvieron lugar resulta plausible asumir por parte de las estatalidades la correlativa responsabilidad hacia la continuación del horror en sus neo formas embrionarias.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/el-negacionismo-no-es-una-opinion-sino-un-crimen-por-alejandro-kaufman/">El negacionismo no es una opinión sino un crimen &#8211; Por Alejandro Kaufman</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong><em>El negacionismo no es una opinión sobre exterminios y genocidios sino que es la continuidad de esos crímenes bajo otras formas. Es por ello que en los países donde esos hechos tuvieron lugar resulta plausible asumir por parte de las estatalidades la correlativa responsabilidad hacia la continuación del horror en sus neo formas embrionarias.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Contra lo que pretende el negacionismo de exterminios y genocidios, sus inquisiciones no son sobre el pasado sino sobre el futuro, son diatribas contra los <em>Nunca más</em> en procura de vulnerar las barreras levantadas contra la repetición. Esas barreras consisten en repertorios que no son idénticos en la posterioridad de cada uno de los exterminios y genocidios, sino que se configuran de maneras situadas, con sus singularidades. Determinar rasgos recurrentes en las diversas experiencias límite solo puede inferirse de referencias testimoniales e históricas que concurren a formular el acervo que documenta lo acontecido. En cada uno de los eventos paradigmáticos, por lo general, esos acervos se nutren de lo multitudinario de las masacres, que dejan atrás, también en forma multitudinaria, sobrevivientes, descendientes, vecindarios, tramas institucionales, estatales y de la vida civil, círculos concéntricos que culminan en el conjunto de cada una de las sociedades adonde tuvieron lugar los hechos. Esa inmensidad multitudinaria, siempre objeto de negación desde su propio origen, es lo que los actuales negacionismos quieren mantener en el silencio, la omisión y el consentimiento.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">El negacionismo refiere al futuro y no al pasado porque no es posterior a los hechos sino que los precede, solo que en su momento no fue advertido, o no fue reconocido, o fue hasta habilitado como apetencia, de un modo u otro. Se da cuenta así, con tal formulación paradójica acerca de la temporalidad, de un rasgo decisivo de los exterminios y genocidios, que reside en que las masacres son metonímicas de las transfiguraciones histórico sociales que sus perpetradores proyectan y realizan. El trazado exterminador es una intervención sobre el tiempo histórico social que consiste en borrar el pasado y reescribirlo. La solución final consiste en crear una in-existencia a través de la aniquilación, en el presente, de todo rastro viviente histórico de lo exterminado. Decir que es para forjar un olvido es insuficiente porque no es el olvido lo que se busca, sino crear una realidad alterna en la cual ese colectivo social odiado, vilipendiado e inculpado nunca haya existido. En ese sentido el negacionismo <em>precede</em> a cada holocausto, no solo porque la condición de posibilidad de su materialización requiere primero un apartamiento simbólico, segregación y criminalización del objeto colectivo de desprecio y asco, sino porque la propia operación discursiva -esto es, cuando se exponen “opiniones”- anticipa, y reproduce, el modo originario del aniquilamiento.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Esta precedencia discursiva del aniquilamiento ha sido observada desde siempre, ya sea por quienes dieron aviso del incendio, <em>antes</em>, o <em>después</em> de los sucesos, cuando se elevaron los interrogantes <em>sobre cómo fue posible</em>. De todo ello emergieron bases ético políticas y jurídicas fundantes de las instituciones políticamente correctas de la segunda postguerra mundial, y que en términos abstractos están vigentes, aunque han sido objeto de un continuo deterioro y desmentidas por múltiples acontecimientos incompatibles con tales fundaciones. Cualquier lista que se borronee será interminable, y se podrá comenzar con la guerra fría y el terror nuclear para mantenerse abierta porque a cada instante algún nuevo horror, en algún lugar del mundo, se sumará a la serie. Sin embargo, esas fundaciones no han sido todavía sustituidas por otras, sino que por el contrario no han hecho más que, como tales, perfeccionarse y actualizarse.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Los devenires histórico político mundiales de las últimas ocho décadas -prontas a cumplirse- son heterogéneos y contradictorios. Mientras el repertorio fundacional de un orden internacional adecuado a los derechos humanos ha ido evolucionando, en muchas otras instancias vemos grandes retrocesos y emergencias de nuevas barbaries, así como desentendimientos en las propias luchas por los derechos humanos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">En nuestro país, justificadamente orgulloso por grandes realizaciones en favor de oponer a la dictadura del 76 un estado de derecho sostenido por la memoria, la justicia y los derechos humanos, con todas las idas y venidas que conocemos, no obstante, entre las diversas deudas y pendientes que nos aquejan se cuenta la actitud generalizada hacia el negacionismo, al que tratamos como si fuera una opinión, que es la forma que pretende y con que se presenta, y con la que consiente buena parte de nuestra sociedad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">La experiencia postdictatorial argentina ha estado habitada por un paradigma punitivo de la memoria basado en el juicio y castigo a los culpables, con diversos logros, irradiaciones de índole diversa hacia otros aspectos de la vida en común, y omisiones, como ocurre con el negacionismo. Predomina una justificada aversión hacia toda censura, asociada con la dictadura genocida, así como se verifica la hegemonía de una ideología comunicacional amparada por una interpretación liberal de la <em>primera enmienda</em> arraigada en múltiples estratos sociales argentinos. Todo ello ha postergado la inquietud por el negacionismo hasta prácticamente la actualidad, en que su desenvolvimiento ha alcanzado tal magnitud que consiguió convertirse en un tema de preocupación más generalizado que hasta ahora.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">De modo prevaleciente se ha instalado en la esfera pública, alentada por las formulaciones que rechazan problematizar jurídica e institucionalmente el negacionismo, una agenda binaria entre un supuesto punitivismo de opiniones, lindante con la censura o directamente censor, y una posición contraria favorable desde su punto de vista a la libertad de expresión. Según esta segunda actitud, el negacionismo es una opinión sobre el pasado y debe ser sometida solamente a debates con expertos sobre historia y memoria, sobre todo, sobre historia. Este punto de vista asimila el negacionismo del genocidio de la dictadura a otros discursos negadores de diversas realidades, algunos de ellos inocuos e inimputables, consintiendo de esta manera con lo que el negacionismo pretende ser: una opinión.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Desatiende esa posición, que por desgracia probablemente sea mayoritaria o al menos muy influyente, que pretenderse opinión es el ardid que la dictadura dejó a su paso, como esas minas o proyectiles que después de las violencias bélicas quedan sin estallar, latentes para hacerlo en cualquier momento: una amenaza sin plazo. El ardid consiste en simular un debate sobre la historia para encubrir la continuidad del dispositivo genocida, que no se limita a los acontecimientos del horror sino que comenzó bastante antes, a través del diseño del aniquilamiento simbólico precedente. Lo que se implica así es que el negacionista contumaz no es una conciencia libre que opina y juzga sino una agencia continuadora del proyecto genocida, y por lo tanto, mientras se limita todavía a “opinar”, una fuente de propaganda y acción encubierta del genocidio cuya consecuencia es deteriorar las barreras levantadas contra la repetición del horror. En nuestro país, un efecto adverso, o pendiente, del paradigma punitivo de la memoria es la premisa de que la punición de los horrores de la dictadura constituiría una condición decisiva del <em>nunca más</em>, sin advertir que la sucesión generacional de los perpetradores nos aproxima a dejarnos en un nuevo escenario en que tales juicios y castigos ya no tendrán efectos más que hacia el pasado, no sin un rédito simbólico valorable y hasta necesario en nuestra propia historia reciente, pero no suficiente en lo sucesivo.</p>



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<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Los acontecimientos del horror son la ejecución de una sentencia que prescribe la desaparición de un colectivo social definido por el agente perpetrador sin advertencia ni conocimiento inteligible por parte de la víctima. El suceso no se anuncia a las víctimas, que caen inermes y desprevenidas en la trampa letal. La sentencia es clandestina, y se la deniega en forma sistemática. Por otra parte <em>no era creíble</em> que tal suceso tuviera lugar. Con posterioridad al cese del exterminio en las distintas formas en que su interrupción ha ocurrido, se lo caracterizó y configuró en tanto verdad, memoria y justicia. Quienes sobrevivieron y sus descendencias encarnan el sustrato viviente de la memoria. Con mayor frecuencia se omite o no se explicita un aspecto decisivo de todo el asunto: <em>la sentencia es irrevocable</em>. Se le opone a la sentencia una contra sentencia: <em>nunca más</em>, fórmula orientada a impedir la repetición del horror. Fórmula necesaria que se presume eficaz, y que va acompañada de las múltiples tramas memoriales, jurídicas, culturales y sociales que conocemos. Sin embargo, la fórmula del <em>nunca más</em> contiene una omisión paradójica: elude el carácter irrevocable de la sentencia desaparecedora. Y esto es por su naturaleza clandestina, denegatoria de los hechos y adversa a toda juridicidad legítimamente instituida con posterioridad. Una vez impuesta la condena por la agencia perpetradora, y destituida tal agencia cuando se termina con la estatalidad criminal que le dio origen, en la nueva escena la condición perpetradora subsiste de manera transmutada en la civilidad resituada. Entonces, en magnitudes que no son idénticas a las originarias ni se pueden establecer con precisión, prosigue anhelando la formulación de la sentencia. En otras palabras, el colectivo social sentenciado a la desaparición, constituido por quienes sobrevivieron -de las distintas formas muy diversas en que ocurre la supervivencia-, llevan consigo por siempre el estigma de la condena. El olvido es la desmemoria o el descuido respecto de ese estigma, y el estigma, la razón decisiva por la cual el crimen del exterminio no tiene fin en este sentido que podríamos calificar como ontológico. Y es porque no tiene fin que hay que proseguir con el deber de memoria del nunca más, no porque se vaya a repetir algo que sucedió y ya no sucede, sino porque <em>sigue sucediendo de modo irrevocable</em>. Y el modo en que sigue sucediendo, en principio, consiste en volver al comienzo semiótico, a la exposición pública de la segregación y la estigmatización que van en procura de nuevas formas que resulten irreconocibles para el sentido común.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">El negacionismo no es una opinión sobre unos hechos, sino que es la continuidad de esos mismos hechos bajo otras formas. Es por ello que en los países donde esos hechos tuvieron lugar resulta natural asumir por parte de las estatalidades la correlativa responsabilidad hacia la continuación del horror en sus neo formas embrionarias. Si el Imperio puede ostentosamente agitar su primera enmienda para oponerse a tales reconocimientos, no es porque los Estados Unidos sean más democráticos que países europeos, sino porque en estos últimos es donde radican poblaciones agentes del exterminio, como sucede asimismo con nuestro país. En la escena europea, al terminar la Segunda Guerra Mundial, bajo el liderazgo de los Estados Unidos, se llevó a cabo la denominada desnazificación, fácil de olvidar su carácter coactivo mientras mantuvo una eficacia relativa -motivo de interés de la crítica cultural- durante un cierto lapso que vemos ahora caducar.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Susurros son estas líneas que abogan por profundizar advertencias y reflexiones. El propósito es calibrar la patente tragicidad que atraviesa el respectivo debate frente a banalidades y simplezas que se le oponen. No es un debate sobre punitivismo ni sobre libertad de expresión, sino una apelación a mirar de frente la prosecución de los hechos, situados por cronología en el pasado, pero manifiestos semióticamente en el presente como amenaza letal. Será otra vez el testimonio el que elevará la voz frente al vacío de lo real extenuado por la perpetración, pero será también la estatalidad quien deba asumir sus responsabilidades tan indelegables como irrevocable es el estigma que el horror instala para siempre, en el orden de lo imperdonable y lo imprescriptible. Son estas dos categorías que van más allá del presente las que el negacionismo lesiona, la condición de lo imperdonable y de lo imprescriptible, devenidas trivial habilitación del olvido. La sociedad y el estado no lo deben permitir. Imperdonables e imprescriptibles como son los hechos del pasado, transfieren la condición que los define a los enunciados que los invocan, como si no lo estuvieran haciendo, como si estuvieran hablando de otra cosa, como si de las duchas fuera a salir agua para el baño o como si los <em>traslados</em> fueran cambios de domicilio. No es sencillo instruir desde semejantes enunciados causas incriminatorias, no lo es jurídicamente, pero tampoco lo es en el dominio de la mera convivencia civil. Objeto de debate tiene que ser la instrucción de las causas como sucede con todos los crímenes, tanto en sede jurídica como en sede societal civil. Ningún crimen, ni desde el punto de vista jurídico, ni desde el punto de vista ético político, cae definido por su propio peso, ni es obvio, ni es transparente, ni lleva en la frente su determinación. Por desconocer esta dificultad inherente a toda razón práctica es que se profieren tantas banalidades y anécdotas inocuas cuando se pretende con tanta extraña persistencia cuestionar el verdadero debate que sociedades como las nuestras deberán emprender, tarde o temprano.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Establecer responsabilidades jurídicas y políticas acerca de los negacionismos es ineludible, o debería serlo, por la gravitación que tales actos de habla ocasionan, del mismo modo que sucede con iniciativas homólogas en cuestiones de género y de racialización, entre otras, que solo inician un largo camino, un camino de conciencia, educación y responsabilidad, no necesariamente de censura ni de imposición arbitraria. Censuras y arbitrariedades son riesgos inherentes a la vida social, no susceptibles de prevenirse mediante simplificaciones y negligencias. Todo ello sin embargo atravesado de dificultades que no son mayores que las esperables de la insistencia en enfoques ingenuos y bien pensantes (en el mejor de los casos) ante el horror que congela el alma y no nos da tregua.</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Buenos Aires, 25 de abril de 2022.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">*Profesor universitario, crítico cultural y ensayista. Es profesor titular regular en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales.<a href="https://lateclaenerevista.com/#facebook" rel="noreferrer noopener" target="_blank"></a></p>
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		<title>Sobre conversar y perseguir &#8211; Por Alejandro Kaufman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 Aug 2022 14:27:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Criminilización de la política]]></category>
		<category><![CDATA[derecha]]></category>
		<category><![CDATA[Dicisión de poderes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El ensayista Alejandro Kaufman sostiene que para las derechas el tercio tribunalicio de la división de poderes debe ampliar su influencia lo más posible y para tal propósito se postula siempre ampliar las atribuciones judiciales, ya sea criminalizando o judicializando diversos aspectos de la vida en común.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/sobre-conversar-y-perseguir-por-alejandro-kaufman/">Sobre conversar y perseguir &#8211; Por Alejandro Kaufman</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong><em>El ensayista Alejandro Kaufman sostiene que para las derechas el tercio tribunalicio de la división de poderes debe ampliar su influencia lo más posible y para tal propósito se postula siempre ampliar las atribuciones judiciales, ya sea criminalizando o judicializando diversos aspectos de la vida en común.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-medium-font-size">La institución republicana, conformada por sus tres poderes, reconoce en uno de ellos, el que contiene las prácticas parlamentarias, el espacio del que cualquier persona podría formar parte y donde lo que se llama debate es naturalmente algo que así puede ser designado, no obstante las limitaciones normativas y reglamentarias que lo regulan. La asamblea congresal no es ámbito de libre pensamiento y expresión, pero los admite porque los necesita por su propia índole, y sobre todo en tanto expone públicamente una experiencia oratoria conversacional. Hablar en una reunión parlamentaria no se sujeta a la determinación de cierto resultado, razón por la que las minorías pueden y quieren expresarse con independencia (relativa) de su propia y efectiva gravitación. El poder judicial, en cambio, es donde lo que se designa como debate no tiene como propósito ni aun de manera limitada o con arreglo a fines argumentativos una manifestación libre de la expresión, sino una confrontación como resultas de la cual debe paradigmáticamente arrojarse una resolución en términos binarios e inequívocos, de culpabilidad o de inocencia, de punición o de absolución. Dicho todo esto en forma casi solo metafórica, del modo en que una sociedad heterogénea, diversa, constituida por múltiples capas de sentido y de competencias, puede asistir a la escena de los poderes constituidos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Por fuera de los poderes institucionales republicanos se desenvuelve otro ámbito que se supone tan necesario y aun indispensable como aquella tríada, que es la llamada opinión pública, los medios, la prensa, las redes sociales, las reuniones sociales de distinta índole. Desde el punto de vista de los propósitos emancipatorios constituyentes de la institucionalidad republicana democrática, la esfera pública permite ampliar aquello que en los parlamentos está sujeto al orden de la representación, e interactuar de manera legítima con el poder asambleario. Integrantes del poder legislativo no tienen ninguna limitación para manifestarse públicamente. Son quienes representan de manera plena el carácter político de sus investiduras. No hay limitaciones sobre qué pueden decir, ni dónde, ni cuándo. Gozan de la libertad de expresión en la misma medida que todo el resto de la ciudadanía. No hay contradicción ni incompatibilidad entre integrar un cuerpo parlamentario y ejercer el periodismo o cualquier otra forma expresiva pública. Solo la politicidad establece determinaciones que dependen de su propia dinámica, y no de limitaciones reguladoras de la palabra, arrojada a su libre expresión. Sabemos bien, o <em>deberíamos</em> saberlo, o al menos saber <em>cuán lejos de la realidad</em>…, que la vitalidad de una institucionalidad democrática, aun si los demás poderes proceden como se supone que deben, depende de la circulación de la palabra en términos conversacionales, de debate y esclarecimiento, de concurrencia hacia las multitudes con lo que se tenga para decir. En ese sentido, una banca parlamentaria y una redacción de prensa o cualquier otro sitial expresivo comparten una afinidad intrínseca. La misma persona puede ejercer ambos desempeños sin entrar en contradicciones con sus derechos ni con sus obligaciones. En ambas esferas, lo que suceda dependerá de la trama política en que cada punto de enunciación encuentre su inserción. Se puede hablar o se puede callar, se puede opinar o se puede informar, se puede reflexionar o discutir lo que sea. Hay afinidades y diferencias, desde luego, pero hay más cercanía -o debería haberla- entre estas dos instancias de la palabra pública que entre ellas y los otros dos poderes. En los otros dos poderes no hay libre pensamiento sino responsabilidades: cierto que ambos pueden manifestarse como libre expresión individual ciudadana en la esfera pública, pero con las limitaciones y regulaciones que imponen sus responsabilidades. En el caso del poder judicial, la palabra que administra justicia está sometida a determinaciones muy precisas y rigurosas, por las que cualquier transgresión o negligencia puede inhabilitar toda una situación decisoria -es por lo que “hablan por los fallos”- y, sobre todo, el conjunto de la actividad judicial tiene como solo destino y temporalidad el arbitraje entre dos instancias y el juicio unívoco a favor de una de ellas. El carácter dramático de la escena es inconmensurable con la naturaleza eventualmente polémica tal como circula la palabra en la esfera pública o en el parlamento. El drama judicial que decide entre la libertad y la prisión, entre la culpabilidad y la no culpabilidad, solo se desenvuelve en una singular situación limitada en el tiempo, entre la acusación y el veredicto. El corolario binario de las prácticas tribunalicias es por donde cualquier persona, no importa su instrucción o disposición intelectual o cultural, puede asistir al resultado. Hay solo dos opciones, digamos aquí en términos de la narratividad constitutiva del litigio, y para cualquiera es perceptible y comprensible si se trata de a o b, blanco o negro. En términos narrativos el uso de la escena tribunalicia en las ficciones, o aun en la esfera de la opinión, sirve para legitimar y justificar una organización binaria de los asuntos. Cualquiera que sea la posibilidad que se tenga de conocer o profundizar en los términos del proceso, es factible asistir a las discordias constitutivas del juicio y aguardar el resultado como si de una disputa deportiva se tratara, en la que se atendiera a los resultados, más allá del juego. Es decir: lo específico de los discursos jurídicos es que son estratégicos, comienzan con debate y prueba, y terminan con el veredicto. Los discursos conversacionales se insertan siempre en los flujos de sentido, incluso más allá de la muerte acuden a la <em>conversación infinita</em>. A los efectos narrativos, el guión tribunalicio es de una inequívoca eficacia dramática y transmisiva, reforzada por la moralidad del resultado y con más razón por la pena, por el dolor infligido a quien sea y por lo que sea. La punición responde de manera esencial a una forma de encarar la vida social, opuesta a su contrincante ideológico discursivo, que es la conversación, la disposición a conversar como hilo conductor de la existencia. La conversación, desde una perspectiva emancipatoria, se postula como gravitación decisiva de la vida en común, y la administración de justicia, como <em>estado de excepción</em>. La administración de justicia se lleva a cabo sobre las excepciones cuando los conflictos no se han resuelto como diferencias conversacionales. Las diferencias conversacionales son el fundamento de lo que llamamos democracia, y la resolución de litigios atiende a las excepciones, cuando el libre juego del intercambio discursivo queda subyugado por la violencia. Tanto más “robusta” o “vibrante” (ambas palabras usadas en otras sociedades, en otros países, para otros contextos, aquí proferidas a veces de manera extemporánea) será una institucionalidad democrática, cuanto más conversaciones tengan lugar y menos juicios y pleitos sean necesarios.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Para no abundar en el presente texto que se desea breve: las derechas son aquellas formas del pensamiento y la acción que ponderan la inflicción de dolor como organizadora de la vida en común, como administración del miedo y de la apelación a la obediencia que permitan instalar, sostener o ampliar la desigualdad. Para las derechas el tercio tribunalicio de la división de poderes debe ampliar su influencia lo más posible. Para tal propósito se postula siempre ampliar, como es obvio, las atribuciones judiciales, ya sea criminalizando o judicializando diversos aspectos de la vida en común o ampliando la extensión de las penas. Pero también se llevan a cabo otras acciones menos obvias, como sustituir las prácticas conversacionales por difamaciones y descalificaciones, porque dichas prácticas no arrojan resultados binarios y por ello mismo requieren más tiempo y dedicación, un mayor compromiso de la expresión y de la recepción (entonces lo parlamentario es siempre irrelevancia, pérdida de tiempo, dilapidación de recursos y cháchara). En la esfera pública lo que promueven las derechas es convertir todo lo que pueda tener un carácter conversacional, de elaboración y temporalidades diferidas, en formas miméticas de las prácticas tribunalicias. Es por ello, y no por un accidente de incomprensible y misterioso origen, que la esfera pública es conducida a estructurar sus significaciones en forma mimética con el poder judicial, y entonces las intervenciones públicas se convierten masivamente en símiles tribunalicios, metáforas que escenifican el debate entre acusación y defensa con resultados binarios, en lugar de debates “de ideas” como tanto se repite de manera vacía y falaz. Esta concomitancia retórica y categorial es decisiva más allá de cuanto se verifique en formulaciones deliberadas y explícitas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Para las derechas la diferencia entre una dictadura y una república democrática es solo metodológica, mientras en todo lo demás, es decir, en sus propósitos políticos, se trata de los mismos objetivos y prácticas simbólicas. Escindir a la sociedad entre puros y réprobos, pasar el tiempo en tramitar tales distinciones y naturalizarlas. Suscitar en la conciencia colectiva la audiencia que asiste a un juicio permanente en donde todos los asuntos se distinguen en las categorías binarias que la dictadura tenía como programa, la lucha contra la subversión y contra la corrupción. Subversión ha trocado en otras palabras de uso común eufemístico, corrupción se mantiene intacta. La inconmensurabilidad metodológica entre una y otra forma de existencia institucional, la primera criminal contra la humanidad y exterminadora, la segunda presuntamente sujeta a derecho, nos ha distraído durante décadas del pasaje gradual en la vida en común desde un supuesto de convivencia democrática hasta una coexistencia estructurada por las lógicas de la derecha. En otras palabras, <em>es hacer que el</em> <em>estado de excepción</em> (las narrativas jurídicas, las prácticas tribunalicias, la resolución binaria, forzosa y limitada de los conflictos) <em>se convierta en regla</em>. Que la esfera pública se convierta en un tribunal que dispensa condenas y dictamina absoluciones. Así, hasta que alguna vez se le ponga límite al abuso de minorías de poder sobre toda una sociedad. Abuso sistemático e impune al que denominan democracia y libertad de expresión. Ojalá.</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Buenos Aires, 29 de agosto de 2022.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">*Profesor universitario, crítico cultural y ensayista. Es profesor titular regular en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales.</p>
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		<title>LA BANALIZACIÓN NO ES UN CRIMEN SINO UNA OPINIÓN &#8211; Por Alejandro Kaufman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 May 2023 14:06:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Banalización]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos Humanos]]></category>
		<category><![CDATA[Milei]]></category>
		<category><![CDATA[negacionismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En este artículo el ensayista Alejandro Kaufman retoma la idea sobre el negacionismo, que no es una opinión sobre exterminios y genocidios sino que es la continuidad de esos crímenes bajo otras formas que incluyen operaciones discursivas y de denuncia ante las formulaciones que banalizan y niegan el horror.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong><em>En este artículo el ensayista Alejandro Kaufman retoma la idea sobre el negacionismo, que no es una opinión sobre exterminios y genocidios sino que es la continuidad de esos crímenes bajo otras formas que incluyen operaciones discursivas y de denuncia ante las formulaciones que banalizan y niegan el horror.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em><em></em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>I</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Si las opiniones fueran más valorables y valoradas, y menos palabras lanzadas al viento, tal vez no habría que presumir cautela al atribuir a la banalización de genocidios y holocaustos el estatuto de la opinión y no el del crimen.<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a> Es solo una opinión cuando no es un rasgo que acompañe a otros enunciados como los negacionistas. Es una opinión <em>solamente</em> cuando es <em>nada más </em>quebanalidad, sin otras condiciones contextuales. Banalizar es dar a algo carácter de banal. La banalización es la acción y efecto de banalizar. <em>Banal</em> es lo trivial, común, insustancial. Así se usa el vocablo, con olvido de su etimología que nos remite al sentido medieval que tenía el término <em>banalité</em>. La raíz <em>ban</em> refería a la condición señorial a la que se subordinaba aquello de uso común: molinos, prensas de vino, hornos. Lo compartido por quienes integraban la comunidad, en un mundo social estático, segregado por estamentos que no se pusieron políticamente en discusión hasta la caída del Antiguo régimen.<a href="#_ftn2" id="_ftnref2">[2]</a> El término adquirió un sentido peyorativo en tiempos modernos, cuando la generalización de la igualdad y la caída de las referencias abrió la posibilidad de nuevos conflictos. El contexto devino de la elaboración de una igualdad transida de contradicciones y transiciones no resueltas. Exterminios y genocidios acaecen en el extremo de lo concebible como formas de resolver las aporías de la igualdad de la manera que sabemos. Las clasificaciones segregadoras arbitrarias, los métodos administrativos y eufemísticos aplicados a multitudes desaparecidas son en sí mismas banales en tanto la <em>nuda vida</em> impuesta remite a tal condición aniquiladora. Aniquilar es banal en su proceder, lo contrario en sus consecuencias. Lo que tiene el testimonio y lo memorial de reparador enfrenta un nuevo problema: cómo restituirles a las víctimas la condición que les fue arrancada, de modo de distinguir tales discursos de cualesquiera otros en el mismo movimiento por el cual enseñar y divulgar lo que sea va dirigido a multitudes. Lo multitudinario vuelve a instalar la escena de lo común en el sentido moderno transfigurado que había quedado atrás en tiempos medievales. No importa aquí señalar más que el hecho de que <em>hay un problema</em>, y que ese problema supone un formidable trabajo colectivo de elaboración. Nada que se pueda reducir de manera simplista sin cometer grandes injusticias y errores devastadores.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Los antónimos del término usual, <em>banal</em>, nos llevan, digamos por brevedad, a aquello que es extraordinario o importante. Se desprende de inmediato lo magnífico, la magnitud, el número. Banalizar es subestimar, entonces. También se subestima lo cualitativo. Si se compara lo extraordinario o importante con aquello que no lo es, si se equiparan, se subestima. Y subestimar es una forma de negar, no idéntica a negar porque negar es una operación binaria, adversativa, que desecha todo un asunto. Negacionismos. La tipificación del crimen de negacionismo en la forma jurídica de un delito, tal como se practica en países que en sus territorios padecieron crímenes masivos de tal índole genocida, exterminadora, alcanza delimitaciones específicas y precisas sin las cuales cualquier distinción podría ser arbitraria. La banalización es un círculo externo, una condición adjetiva, cualitativa, que acompaña al negacionismo: por sí sola es insuficiente para tipificar una delimitación criminal, porque sería muy difícil establecer una frontera. No es que el negacionismo sea meramente evidente, pero su carácter adversativo, aunque se disimule o encubra, tiene posibilidades de ser comprobado. Es lógicamente refutable porque se postula como (falsa) interpelación. No sucedería en principio lo mismo si solo se tratara de una adjetivación porque en tal caso nos hallaríamos en un continuo gradiente discutible. Todo esto estaría muy bien si, desde el supino desconocimiento o mala fe que circulan, se limitara la cuestión a semejantes prácticas cognitivas objetivistas. Hasta se podría codificar la banalización como se hace con el negacionismo si solo se tratara de la descripción de objetos inequívocos (en tiempos del gobierno por la distinción sagrado/profano, así se procedía).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">El problema es que no hay nada menos inequívoco que el objeto de que se trata, dado que su configuración originaria es denegatoria, de modo que la única prueba susceptible de presentar una constatación es retrospectiva. Aquello que se dice que desapareció y que por lo tanto no está, ni fue, ni estuvo, ni existió, si no logró la perpetración su propósito desaparecedor, dejó entonces trazas, huellas, indicios, testimonios, hasta sobrevivientes. Es así como los acontecimientos del horror son innegables, y no son susceptibles por principio de subestimarse dada su magnitud y calidad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Genocidios y exterminios no concluyen su infausta faena, de imposible consumación, sino que solo <em>se interrumpen</em> y es por ello que sabemos que tuvieron lugar. Si se detienen, entonces de algún modo se difieren. Dirán: “no terminó el perpetrador su faena”. Si se consumaran, nada sabríamos y no habría lugar para el negacionismo ni para la banalización. Negacionismo y banalización son prosecuciones de aquello que se interrumpió y no se consumó. Hay una razón sustantiva de la interrupción: tales actos del horror no son realizables porque en general definen su objeto de maneras falazmente delimitables. Ningún colectivo social se configura efectivamente según los designios exterminadores. A todos se les imponen las comillas en tanto sus designaciones son citas literales de lo definido por la perpetración, siempre proyectos insostenibles en las delimitaciones de sus objetos de odio y eliminación. No es cuestión metafísica o imaginaria. Alguien ficcionalmente podría eliminar a todas las personas con alguna característica inequívoca, pero solo se nos podrían ocurrir rasgos fantásticos. En los eventos históricos se formulan interpretaciones que recortan a los colectivos sociales sobre la base de estigmatizaciones o prejuicios. En general los fenómenos perpetradores se basan en historias político culturales constitutivas de tejidos sociales que se trata de purificar o transformar, son extirpaciones de partes de esos tejidos que se delimitan llevando hasta las últimas consecuencias distinciones que habitualmente no significan tan extremas decisiones, que en la vida social son difusas, porosas, si no del todo arbitrarias. Esa es una razón decisiva de porqué los acontecimientos del horror tal como los conocemos se suelen interrumpir, ya sea porque cambian las condiciones que hicieron posible su realización o porque, y a la vez, desde el principio la perpetración se ve condicionada a establecer distinciones siempre problemáticas que deterioran al propio proyecto en su letal eficacia.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">A lo que importa y es más ignorado o más objeto de mala fe. Si el negacionismo es una tentativa de convertir la memoria en una seudo historia, en una falsificación destinada a aparentar un debate objetivo cuando solo es un señuelo de la perpetración para proseguir estratégicamente su faena, la banalización acude a otro problema de muy diferente índole, que es la cuestión de las representaciones.<a href="#_ftn3" id="_ftnref3">[3]</a> ¿Cómo representar algo que no sucedió? Desde el principio, dar testimonio y memoria del horror es decir que sucedió algo que se pretende no sucedido desde su perpetración misma, en cuanto no sucedía mientras estaba sucediendo, y de lo cual se borran huellas y manifestaciones, así como documentos. Para entender este punto es fundamental lo que sigue: las atrocidades bélicas que existen desde hace milenios han sido representadas, ya sea mediante alguna variación del género épico, cantos de gloria o de derrota, de drama y victoria o desgracia, efemérides felices o relatos dolientes, ya sea por parte de unos u otros contendientes. La historia bélica y sus representaciones cuenta con sus contrapartes. Quienes han combatido con suerte varia, con historias de injusticia y sometimiento o conquista y señorío, mantienen tradiciones narrativas codificadas y establecidas a lo largo de milenios. Lo acontecido se representa, se relata, es objeto codificado de la historia y de la memoria colectiva.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">En el caso de lo que nos ocupa, como no hay contienda, sino solo sacrificio de víctimas puestas en estado de inermidad que se destinan a desaparecer, quienes así desaparecieron sin retorno fueron privadas del habla aun antes de morir, y los perpetradores no tienen posibilidad alguna de articular sus hórridas acciones en la historia de la épica ni en ningún tipo de relato. Es por eso que no pueden confesar ni dar cuenta de lo que hicieron. No es porque sea fácticamente imposible sino porque no hay una lengua existente en la que se lo pueda expresar. La perpetración es inherentemente inconfesable y solo puede ser objeto del testimonio y de la memoria.<a href="#_ftn4" id="_ftnref4">[4]</a> Y porque entonces no es representable, sus manifestaciones memoriales pertenecen al orden del testimonio y no a la condición del monumento. No hay monumentos de las memorias del horror en términos generales. O mejor dicho: la mayoría de las expresiones memoriales de genocidios y exterminios problematizan las representaciones y participan de debates de amplísima extensión y complejidad sobre cómo y qué representar. Esto es lo que ¿no entiende? un intendente<a href="#_ftn5" id="_ftnref5">[5]</a> que pretende borrar memoriales aplicados como baldosas sobre las que caminar cuando quiere aplicar las normas sobre monumentos en un acto de negacionismo de las memorias argentinas. Memorias que son movimientistas, contestatarias y vienen desde afuera y de abajo, aun cuando en determinadas condiciones la estatalidad responda a las demandas memoriales, pero siempre entonces implicándose en la densidad que estos problemas exigen contemplar. Hay que decir que la amplitud que adquirieron los debates sobre las representaciones del holocausto, sus formas de expresión testimonial y memorial, inconmensurables tanto en materiales bibliográficos como en realizaciones conmemorativas y museísticas, así como literarias y artísticas, pudieron desarrollarse con la riqueza, diversidad y conflictividad que les caracterizó en tiempos diferentes a los actuales. Eran tiempos en que se esperaba haber superado el horror, en los que el compromiso y la responsabilidad se concentraban sobre el <em>nunca más</em>. <strong>La formulación del <em>nunca más</em> es en la posterioridad de los acontecimientos del horror, la única manera determinable de antagonizar la banalización. </strong>Si banal es la confusión de <em>aquello</em> con la vida <em>normal</em>, de modo que se pueda repetir por volverse parte de ella, tal como sucede con guerras y estragos, mafias y terremotos, así como otros sucesos indeseables pero que suceden, lo no banal es la delimitación memorial y representacional en un estado continuo de excepción, en el sentido de que <em>aquello</em>, de todo lo que constituye la historia social, no se puede repetir. Por lo tanto se opone lo <em>común</em> de la historia social, banal en tiempos modernos en que lo profano quedó atrás junto a lo sagrado en tanto constituyentes de la vida social y política, lo común y por lo tanto recurrente, con lo que <em>no puede ser común y no debe repetirse</em>. La repetición y lo común forman parte de un único y mismo sentido: lo común es aquello que se habrá de esperar o considerarse posible aun si no deseable, aun si se lucha contra su advenimiento, pero aun así es esperable, concebible, a diferencia de aquello que no es concebible que se repita, por lo tanto en la actualidad se impone delimitarlo de lo común.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">En este punto reside lo decisivo que enfrentan quienes postulan la repetición, ya sea como negacionismo de lo acontecido o como nuevos designios exterminadores, así sea en forma primariamente taxonómica, ultrajante, difamatoria. Si lo contrario de lo banal es la delimitación excluyente de lo que no se debe repetir, para que no se repita, para que no suceda, y si ello se debe encarar en forma preventiva, dado que su advenimiento supone procesos de larga data, y dado que en el transcurso de esos procesos van sucediendo eventos inaceptables en sí mismos, lo cual puede ser discutible<strong>, lo que no puede ser discutible es la aceptación de regímenes de enunciación que reiteran los caminos que llevaron alguna vez al horror. Esos caminos no pueden ser transitables, no pueden ser parte de lo común: no pueden ser banales</strong><a href="#_ftn6" id="_ftnref6">[6]</a>.</p>



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<figure class="aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/esma_por_leon_ferrari_nuncamas.jpg" alt=""/><figcaption class="wp-element-caption"><em>Escuela de Mecánica de la Armada &#8211; Nunca Más &#8211; León Ferrari.</em></figcaption></figure></div>


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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">De modo que la interdicción de aquello que constituye un camino hacia el inconcebible horror no es la punición de un delito. Los delitos forman parte de lo común, de la historia social, y son esperables aunque indeseables. Aquí se trata de encarar lo que no aceptamos que sea esperable, y por lo tanto aquello que debe ser delimitado como infamatorio. En consecuencia quien postule transitar ese camino tendrá como tarea de su propio designio volverse banal, común, recurrente, y no infamatorio. Esta es la clave de cómo neo fascismos y designios exterminadores se amparan en la democracia, el estado de derecho y la libertad de expresión. Para prosperar en sus inconfesables propósitos deben imitar a las víctimas de semejantes aniquilaciones, designios infamatorios y excluyentes, y presentar su escatología de violencia y extinción como si fuera damnificación por discriminación. Y al mismo tiempo desechan las prácticas establecidas para combatirlos a ellos mismos. Imitan la damnificación pero no pueden recurrir a las mismas prácticas porque se pondrían en evidencia al ampararse en las acciones que sirven para neutralizarlos a ellos mismos. Entonces, en el mismo discurso, reclaman la disolución de las instituciones de prevención del horror, y acuden a litigar de manera penal o civil como víctimas de un daño inexistente e inconcebible. Tal temperamento somete al estado de derecho a situaciones dilemáticas de doble vínculo. Si se aceptan tales demandas se desnaturalizan las herramientas de prevención y se satisfacen propósitos criminales. Si no se las acepta se vulnerará, alegarán, el propio estado de derecho que se pretende defender.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Ahora bien, encarar este dilema solo como un conflicto entre prevención y libertad de expresión es reduccionista e indigente, ética y conceptualmente, aun siendo lo más frecuente. Lo que se omite o encubre es la repugnancia hacia el propio asunto, hacia el horror. El mundo sociopolítico después de 1945 está constituido sobre tal repugnancia: la suscitada por los acontecimientos del horror exterminador, sucesos que fueron detenidos por el fin de la guerra y empujados a un borde cloacal, limítrofe, infamatorio. Es un error frecuente e ingenuo suponer que el problema se enfoque de manera solo pedagógica o museística, como si se tratara de un asunto cognitivo y racional. No lo es. Ojalá lo fuera. Es en cambio una fuerza del mal, una deriva tanática inscripta en nuestras formas de vida contemporáneas, generadoras de tal hórrida reacción anti emancipatoria. La condición potencial para tal emergencia es constitutiva del malestar en la cultura. Sobre esto también se ha escrito y producido de modo incontable tanto argumentativa como literaria y artísticamente. De modo que la prevención tiene como objetivo primario contrarrestar tal potencia con una fuerza infamatoria antagonista, asistida por la pedagogía y las prácticas museísticas y memoriales. Todo ello concurre. No basta con alguno de esos enfoques por sí solo. Allí reside la ingenuidad irresponsable de quienes pretenden librarlo todo a “debates” y lecciones de humanidad. No, <strong>el nazismo, el fascismo y todo lo que concurra al exterminio debe estar sometido a un régimen continuo de excepción, sobre todo respecto de una ética alerta primariamente frente a tales crímenes simbólicos, y también respecto, de manera muy cautelosa y delimitada, a la asunción de responsabilidades jurídicamente plasmadas por parte del estado de derecho.</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size"><strong>II</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Mientras que el célebre concepto proudhoniano de que la propiedad es un robo tiene un sentido irónico, nunca se supuso que la propiedad fuera un crimen literalmente punible en un orden jurídico, ni siquiera en las revoluciones sociales, en que las intervenciones sobre la propiedad privada de los medios de producción, tanto en los casos históricos como en la teoría, no imputan como delito preexistente a la propiedad, ni como delincuentes a quienes la poseen, sino que transforman radicalmente el estatuto jurídico de la propiedad. O sea, se desapropia en tanto acto, no se castiga un delito individual. El crimen de la apropiación y de la propiedad consecutiva es un crimen social e histórico. En las sociedades capitalistas, la propiedad tampoco está exenta de interpelaciones categoriales, pero no por ello se les atribuye un estigma delincuencial tampoco a quienes se discute la propiedad. Se recurre a instrumentos jurídicos sobre necesidad social común o pública de una propiedad, y se procede de modo indemnizatorio. Nada de todo esto es sencillo ni exento de toda clase de controversias y conflictos, pero otra cosa muy diferente es a lo que asistimos: supuestos criterios de teoría económica <em>definen</em> a toda una parte -mayoritaria- de la sociedad, y de manera retrospectiva se le confiere un carácter delincuencial que autoriza a utilizar un léxico difamatorio cuya legitimación se procura. Es por ello que adquiere tanta relevancia evitar ser víctima de cualquier distinción que pudiera ser infamatoria, es decir, causante de infamia.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Llamar nazi a alguien nunca es difamación sino infamación, y cuando ello ocurre, es con arreglo al orden jurídico, ético y político instaurado a partir de 1945. No conviene ese orden a quienes vienen a destituirlo. Para quienes defienden los estados de derecho en el orden internacional tal como están vigentes, es nazi, puede serlo, se lo puede caracterizar así, quien habla y actúa con arreglo a determinadas características propias de aquel régimen. No todas ellas, no solo porque no es un asunto identitario, sino porque se trató de un proceso histórico de varios años, durante el cual se produjeron diversas transformaciones. Invocar a Hitler respecto de un comportamiento actual no es en absoluto una “comparación” sino una caracterización que describe actos y decires afines al camino seguido durante casi dos décadas hasta que devino en los horrores consabidos. No se atribuye identificación con los horrores, sino con algún momento precedente que llevó en esa dirección. Es una cuestión interpretativa y argumentativa, no un estigma, ni un prejuicio, porque no refiere a una persona por lo que<em> <strong>es</strong> </em>sinopor lo que<em> <strong>hace</strong> </em>y<em> <strong>dice</strong></em>. Intervenir en política en el orden jurídico, ético y político vigente implica asumir la responsabilidad de deslindar cualquier acto o palabra con semejante rumbo. Se es responsable por defecto. Se invierte la carga de la prueba. Levantadas sospechas, indicios o sugerencias, quien está así imputado es quien debe desmentirlas o aportar pruebas. Convertir la imputación en su contrario, acusar de modo violento o litigioso a la imputación como si fuera un estigma difamatorio: eso hacen los nazis. Es de manual. El expediente nazi de Milei ocuparía tomos enteros a la fecha. Su constante, intimidatoria y ultrajante definición del conjunto socio político como delincuencial es correlativo en forma básica e incontrastable de la <em>precondición dóxica</em><a href="#_ftn7" id="_ftnref7">[7]</a> de segregaciones y exterminios. Quienes le han dado cabida para manifestarse como centro de un formidable aparato de propaganda, han propiciado aun si de manera no intencional, la instalación de tal precondición dóxica, designación que refiere a la naturalización mediante la circulación pública de enunciados, de la criminalización, estigmatización y segregación de una parte de la sociedad. <strong>El requisito para hacer viables tales acciones en la esfera pública consiste en impedir que a tales intervenciones de propaganda fascista se las criminalice al señalarlas como advenimientos fascistas o nazis, como corresponde en un estado de derecho. Al contrario, se instaló considerarlas normales y aceptables, y al hecho de nombrarlas como nazis se logró imponer la idea disparatada y falsa de que sería banalizar el holocausto.</strong> Eso es lo que sucedió mediante la creación de una patraña que nadie parece haberse molestado en indagar ni en refutar públicamente.</p>



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<figure class="aligncenter size-large is-resized"><img decoding="async" src="https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/1_tapa-_la_libertad-_estatua_de_dubourdiu_declaracio_n_universal_de_los_derechos_humanos.0x500.jpg" alt="" style="width:417px;height:621px"/><figcaption class="wp-element-caption"><em>Ilustración: León Ferrari.</em></figcaption></figure></div>


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<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">La patraña se desarrolló mediante varios recursos. Primero se falsificó la noción de banalización del holocausto reduciéndola a un hecho puntual, sin contexto ni referencias en los marcos requeridos para así considerarla, como es el caso de los negacionismos. Como así no bastaría, se buscó inventar un fundamento para lo cual directamente se instaló un falsedad reiterada hasta el cansancio en rotación mediática, en loop sin ser nunca repreguntada ni interpelada. Para ello se recurrió a un tema no muy conocido públicamente. Una institución no gubernamental, dedicada a proponer recomendaciones para la memoria del holocausto que previnieran de recurrencias transgresoras del <em>nunca más</em>, formuló algunas para definir el antisemitismo y prevenir la banalización del holocausto. La IHRA<a id="_ftnref8" href="#_ftn8">[8]</a> obtuvo para su definición del antisemitismo, actualizada en función de nuevas circunstancias globales y regionales conflictivas, la adhesión de cierto número de países, que la adoptaron con fines de diseño de políticas públicas preventivas, educativas y de responsabilidad jurídica. Tales adhesiones, que comprenden a algunas decenas de países, incluida la Argentina, no tienen carácter jurídicamente vinculante. Es solo una adhesión propositiva, de intenciones y voluntades. Por otra parte hay que decir que la definición de la IHRA dio lugar a polémicas de gran complejidad en relación a diversas intervenciones que buscaron precisarla, enmendarla o aun suprimirla, de fuentes diversas, tanto referidas a autoridades académicas internacionales especializadas en estudios del holocausto, como a entidades políticas hacia las cuales tal definición contribuiría a cuestionarles sus enfoques respecto de temas pertinentes. La adhesión es genérica y sobre todo referida a la definición de antisemitismo, no a la banalización del holocausto, que por ser un tema extremadamente opinable, que concierne a la filosofía, las ciencias sociales, las representaciones artísticas y literarias, la memorialización y la museística es tan imposible como indeseable el supuesto de que pudiera formularse un protocolo a tal efecto. La definición de antisemitismo, aun con todo lo compleja y conflictiva que es, supuestamente admite una mayor delimitación o definición, que es por lo que la IHRA hizo la propuesta a la que adhirieron tantos países. Milei inventó de manera absolutamente fantástica que decirle a alguien nazi es compararlo con Hitler, asesino serial de millones, y banalizar el holocausto, por lo cual demandó y continuaría demandando en los tribunales a quien así lo tratara. Comenzó con dos demandas contra un puñado de periodistas, cuyo comportamiento público al respecto fue, con algunas variaciones, de una discreción insostenible ante tamaña acción destinada a legitimar sus proferimientos que esas mismas personas comenzaron a llamar nazis. Un aspecto decisivo de las dos demandas levantadas es que no son por banalización del holocausto, que no es ni puede ser un delito, ni existe como tal, ni hay ni puede haber ningún tratado internacional al respecto, sino por calumnias, figura sin la cual no podría ningún abogado intentar una demanda. En la demanda figura como frase de color la banalización del holocausto, sin fundamentarla ni establecer conexión argumentativa con el resto del texto, a los fines de darle alguna lejana plausibilidad a las declaraciones públicas de Milei, repetidas hasta el hartazgo sobre una demanda inventada e inexistente, dado que no menciona en estas entrevistas exhaustivas y constantes que es por calumnias. Logró así pausar hasta cierto punto que lo llamaran de ese modo, cosa que con el tiempo fue extendiéndose cada vez más, y tuvo que recurrir solo a los recursos clásicos de los nazis cuando así los llaman, que es contraatacar con argumentos ad hominem e injurias y difamaciones en tonos intimidatorios y violentos. Con todo, logró, además de pausar el que así lo llamen, sembrar la confusa sensación de que no está bien usar esa palabra para calificarlo, somo si fuera un término estigmatizante o discriminatorio. No lo es ni lo puede ser porque se trata en todos estos casos de caracterizaciones políticas basadas en replicar a lo que él dice y hace, gestual y simbólicamente, no a algo que él sería, como es el caso de las segregaciones racistas o sexistas, no relacionadas con lo que alguien hace o dice, sino con lo que supuestamente es. En este caso es al revés. Se pretende convertir lo que se hace y dice, argumentable, susceptible de demanda, reparación y rectificación, en el mismo tratamiento que si fuera por lo que se es. De manual es por parte de nazis, mimetizarse con sus víctimas. En este caso, criminalizar y difamar a todo el sistema político y a todas las opiniones democráticas y victimizarse con los mismos argumentos. Por fin, la resultante de tales demandas judiciales facticias es por indemnización por daño moral, justamente lo que nunca alguien haría para protestar por racismos o sexismos: de ahí que desde esas problemáticas se impulsen políticas públicas gubernamentales y no gubernamentales que formulen recomendaciones (sobre acciones comunitarias, pedagógicas, memoriales), como es el caso del INADI o de la propia IHRA, instituciones que las ultraderechas exigen continuamente suprimir. En tal caso, la IHRA que Milei invoca para su patraña, es una institución idéntica al INADI o a los organismos de derechos humanos, o a la propia DAIA, que tampoco encuentra entre sus facultades residuales cómo encarar un asunto como el aquí planteado.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Tomar una inexistente banalización del holocausto para silenciar a quienes lo llamen nazi o fascista, forma parte además de una operación más extensa, consistente en <em>jew-washing</em>, o una profundización de “tengo un amigo judío”. Tal expresión es de una popularidad extendida en un país como el nuestro, receptor de sobrevivientes del holocausto, espectador masivo de manifestaciones cómicas como las del personaje Micky Vainilla de Peter Capusotto. Sin embargo, al paso de los tiempos y sus regresiones a situaciones hasta hace poco inimaginables, dado que ha sido deslegitimado tener un amigo judío como desmentida de antisemitismo, se ha recurrido a veces hasta a frases como “tengo una hija judía”, o “tengo un marido judío”. Milei incorpora una novedad: “me voy a convertir en judío”, “me dedicaré al estudio de la torá”. Incorpora términos y metáforas hebreas a su repertorio, todo ello de maneras cruzadas por una ignorancia y, esa sí, una banalización rampante. Para coronar la acción propagandística de manual afirma que llamarlo nazi a él es no solo banalizar el holocausto sino por ello mismo ofender a las memorias de la shoá. (Las memorias de la shoá, si tienen algo de sagrado, es la obligación de llamar nazi a alguien así, que usa los significantes judíos para desmentir sus alianzas y concurrencias con negacionistas de la dictadura y de derechos humanos, y nazis declarados tanto en nuestro país como en otros. No son nuevas estas formulaciones propagandísticas. Están en el manual.)</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">No tienen estas líneas propósitos de denuncia, como no es el caso de cuando es demasiado tarde porque lo funesto que avanza, como ellos mismos dicen, ha avanzado demasiado. Lo aquí descrito refiere a una de las maneras en que avanzó y sigue avanzando, aun cuando a la vez, lenta como mancha de aceite, se extiende la evidencia de que hay ahí una figura hitleriana, así mentada por periodistas, figuras del espectáculo y de la política, el Presidente de la Nación y hasta por el Papa. El propósito de las presentes líneas, entonces, no es aportar al género de la denuncia al uso, como tal, sino al relevamiento de los caminos transitados por tantas y tantos que comparten responsabilidades difusas y colectivas, de esas que cuando es demasiado tarde, suscitan la pregunta de cómo fue esto posible.</p>



<p><strong>Referencias:</strong></p>



<p><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> Véase “El negacionismo no es una opinión sino un crimen”. <a href="https://lateclaenerevista.com/el-negacionismo-no-es-una-opinion-sino-un-crimen-por-alejandro-kaufman/">https://lateclaenerevista.com/el-negacionismo-no-es-una-opinion-sino-un-crimen-por-alejandro-kaufman/</a> Reproducido en <em>Negacionismo</em>. <em>Repertorios: perspectivas y debates en clave de Derechos Humanos</em>. Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, 2022.</p>



<p><a href="#_ftnref2" id="_ftn2">[2]</a> Bloch, Marc. <em>Land and work in mediaeval Europe</em>. Routledge, NYC, 2015. TLFi:<em> Trésor de la langue Française informatisé, </em>http://www.atilf.fr/tlfi, ATILF &#8211; CNRS &amp; Université de Lorraine.</p>



<p><a href="#_ftnref3" id="_ftn3">[3]</a> Cfr. Friedlander, Saúl. <em>En torno a los límites de la representación. El nazismo y la solución final</em>. UNQ, 2007, Bernal.</p>



<p><a href="#_ftnref4" id="_ftn4">[4]</a> Estas no son afirmaciones dogmáticas aunque estén expuestas de modo asertivo. Son hipótesis sobre el silencio de los perpetradores, no explicable solo por los pactos criminales. Es constatable que no ha sido posible el surgimiento de una épica del horror, y es constatable la historia de la violencia bélica como épica. El exterminio no es una guerra, es un secreto de los perpetradores, en cuya realización se privan, a veces conscientemente, como en los discursos de Himmler en Posen, de un relato de sus aportes a la salvación de la humanidad.</p>



<p><a id="_ftn5" href="#_ftnref5">[5]</a> <a href="https://www.agenciapacourondo.com.ar/ddhh/negacionismo-pro-en-tres-de-febrero-valenzuela-mando-destruir-una-baldosa-conmemorativa-de-la">https://www.agenciapacourondo.com.ar/ddhh/negacionismo-pro-en-tres-de-febrero-valenzuela-mando-destruir-una-baldosa-conmemorativa-de-la</a></p>



<p><a href="#_ftnref6" id="_ftn6">[6]</a> Aquí puede resultar oportuno recordar que trivial tiene un origen afín a banal, referido a caminos transitados por cualquiera que sea, encrucijadas. Para definir lo peyorativo recurrimos a aquello que a las multitudes concierne.</p>



<p><a href="#_ftnref7" id="_ftn7">[7]</a> Angenot, Marc. <em>El discurso social. Los límites históricos de lo pensable y lo decible</em>. Buenos Aires, 2010, Siglo&nbsp;XXI.</p>



<p><a id="_ftn8" href="#_ftnref8">[8]</a> International Holocaust Remembrance Alliance (Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto) <a href="https://www.holocaustremembrance.com/">https://www.holocaustremembrance.com/</a></p>



<div style="height:39px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">Buenos Aires, 24 de mayo de 2023.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-medium-font-size">*Profesor universitario, crítico cultural y ensayista. Es profesor titular regular en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales.</p>
<p><a class="a2a_button_facebook" href="https://www.addtoany.com/add_to/facebook?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Fla-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman%2F&amp;linkname=LA%20BANALIZACI%C3%93N%20NO%20ES%20UN%20CRIMEN%20SINO%20UNA%20OPINI%C3%93N%20%E2%80%93%20Por%20Alejandro%20Kaufman" title="Facebook" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_twitter" href="https://www.addtoany.com/add_to/twitter?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Fla-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman%2F&amp;linkname=LA%20BANALIZACI%C3%93N%20NO%20ES%20UN%20CRIMEN%20SINO%20UNA%20OPINI%C3%93N%20%E2%80%93%20Por%20Alejandro%20Kaufman" title="Twitter" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_whatsapp" href="https://www.addtoany.com/add_to/whatsapp?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Fla-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman%2F&amp;linkname=LA%20BANALIZACI%C3%93N%20NO%20ES%20UN%20CRIMEN%20SINO%20UNA%20OPINI%C3%93N%20%E2%80%93%20Por%20Alejandro%20Kaufman" title="WhatsApp" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_telegram" href="https://www.addtoany.com/add_to/telegram?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Fla-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman%2F&amp;linkname=LA%20BANALIZACI%C3%93N%20NO%20ES%20UN%20CRIMEN%20SINO%20UNA%20OPINI%C3%93N%20%E2%80%93%20Por%20Alejandro%20Kaufman" title="Telegram" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_email" href="https://www.addtoany.com/add_to/email?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Fla-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman%2F&amp;linkname=LA%20BANALIZACI%C3%93N%20NO%20ES%20UN%20CRIMEN%20SINO%20UNA%20OPINI%C3%93N%20%E2%80%93%20Por%20Alejandro%20Kaufman" title="Email" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_button_print" href="https://www.addtoany.com/add_to/print?linkurl=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Fla-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman%2F&amp;linkname=LA%20BANALIZACI%C3%93N%20NO%20ES%20UN%20CRIMEN%20SINO%20UNA%20OPINI%C3%93N%20%E2%80%93%20Por%20Alejandro%20Kaufman" title="Print" rel="nofollow noopener" target="_blank"></a><a class="a2a_dd a2a_counter addtoany_share_save addtoany_share" href="https://www.addtoany.com/share#url=https%3A%2F%2Flateclaenerevista.com%2Fla-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman%2F&#038;title=LA%20BANALIZACI%C3%93N%20NO%20ES%20UN%20CRIMEN%20SINO%20UNA%20OPINI%C3%93N%20%E2%80%93%20Por%20Alejandro%20Kaufman" data-a2a-url="https://lateclaenerevista.com/la-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman/" data-a2a-title="LA BANALIZACIÓN NO ES UN CRIMEN SINO UNA OPINIÓN – Por Alejandro Kaufman"></a></p><p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/la-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman/">LA BANALIZACIÓN NO ES UN CRIMEN SINO UNA OPINIÓN &#8211; Por Alejandro Kaufman</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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		<title>EXPERIMENTO MILEI &#8211; POR ALEJANDRO KAUFMAN</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 Mar 2024 18:32:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
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		<category><![CDATA[Crueldad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Alejandro Kaufman reflexiona sobre el actual auge totalitario que vive nuestro país y que se vincula con sociedades en la cuales prolifera la crueldad y el goce, y donde las tramas digitales son articuladoras de un denso tejido en el que las subjetividades son asimiladas a un régimen universal de mercado que torna inexistente esa huella de conciencia y responsabilidad sobre el colosal sistema técnico, social, normativo, de control y consumo.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/experimento-milei-por-alejandro-kaufman/">EXPERIMENTO MILEI &#8211; POR ALEJANDRO KAUFMAN</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a00fbc86525f9e41395838e56a26ae8a"><strong><em>Alejandro Kaufman reflexiona sobre el actual auge totalitario que vive nuestro país y que se vincula con sociedades en la cuales prolifera la crueldad y el goce, y donde las tramas digitales son articuladoras de un denso tejido en el que las subjetividades son asimiladas a un régimen universal de mercado que torna inexistente esa huella de conciencia y responsabilidad sobre el colosal sistema técnico, social, normativo, de control y consumo.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b2e1b2e696387ed6bec7a6d1db067696"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d5e18531e670bd10ca130847a62fe9c1"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-f6d7efef71f3e918c99725fc3fc0d6c8"><strong><em>Poder y verdad.</em></strong><strong> </strong>Entre opresores y oprimidos, la asimetría constitutiva que así nos los hace nombrar está obturada y negada por los primeros, porque de ello depende la eficacia de la sujeción. Aun en tiempos de oscuridad como los actuales, en que se ostenta la crueldad hacia los más vulnerables y el goce que embarga de modo exhibicionista a quienes así proceden, nunca tales significantes se propalan de manera que alguien que apoye este horror se sepa concernido de modo explícito. La clave es siempre: <em>la crueldad es contra el otro</em>. En la medida en que los hechos van desmintiendo tal exención emerge una nueva escena acerca de la cual solemos albergar un optimismo injustificado. No es prudente ni cierta la espera respecto de que cuando se vean perjudicados directamente entonces van a reaccionar. No lo es porque el daño efectivo no se correlaciona con las representaciones. No hay un límite que defina cuándo el daño determina la decepción. Esto es inherente a la relación entre el embargo fascista de las masas y el modo en que el curso de los acontecimientos les afecta. Es tan falso que el daño enajene voluntades que antes apoyaban, como que cuando apoyaban antes de llegar a la actualidad hubiera habido solo un engaño. Hubo un engaño, pero no lo explica todo, o no era el que se cree. El engaño describe una condición heterónoma, ajena, para los engañados. El engaño vale como descripción de quien no participa de la falacia. Quien es engañado no se sabe engañado y no lo quiere saber. Ese no querer saberlo no es posterior al instante del engaño sino incluso anterior, se quiso ser engañado. Hubo deseo, pulsión, atracción hacia el engaño. El engaño autoinfligido es perseverante, se autorreproduce.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1a9013d4db0e9e611e97eb3cdbe64f03">Es un serio error, en parte causado por las narrativas circulantes de modo hegemónicamente victimista, el supuesto de una relación directa entre padecimiento y conciencia. Esto nunca fue así y por ello se explica la historia misma, contempladora de padecimientos seculares irredentos. No obstante, esta creencia equivocada, en tanto alegación sobre lo real, contiene una valencia utópica irrenunciable sobre la emergencia de una conciencia emancipadora. El propio deseo utópico la favorece, la motiva, la enciende. Porque la conciencia emancipadora, a diferencia de los emprendimientos del mercado que se nos ofrecen como nueva moral, no se incentiva, no se rige por las oportunidades, no calcula el rédito, y es por eso que se llama entre tantos otros nombres: estallido. Los negocios no estallan, sino que son pasiones tristes disciplinadas frente al cálculo contable, ante el cual representan escenas de falsa felicidad solo perceptible como lo hace el discurso publicitario que late en la vigilia estuporosa de nuestros días.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-cf198e1a6dc330877798322ca875b657"><strong><em>Monopolio</em></strong><em>.</em> El actual auge totalitario no surge de un destitución directa y explícita contra la sustancia democrática, aunque tales erosiones también suceden. Un deterioro de mayor magnitud y menor transparencia de la condición política de las multitudes tiene lugar por un desplazamiento, una derivación de la condición subjetiva de ciudadanía, deseante, demandante, opinante. Tal condición se orienta hacia una subyugación inmanente a una interfase metabólica funcionante como un régimen de intercambio asimétrico. Las tramas digitales encarnadas en redes sociales y plataformas no son “medios” de comunicación, porque no mediatizan, no establecen una conexión entre dos puntos, sino que articulan un tejido denso en el que las subjetividades son asimiladas a un régimen funcional sin perder una conciencia superestructural de presunción libre. La conciencia es continuamente interrogada sobre opiniones, consentimientos y deseos, y se ve compelida de un modo que parece voluntario a elegir entre opciones que no son sino calles de un laberinto que no conduce a ninguna parte, sino que conforma un móvil perpetuo, circular, en el que la extracción de materia significante ocurre a la manera de la minería, sin retribución a la matriz de donde es obtenida. Permiten tales disposiciones acumular una riqueza ilimitada sin costo alguno. Es pura ganancia para el propietariado (término propuesto por Úrsula K. Le Guin).</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d2c86aeda3ba3f27362b047a4210ef94">El monopolio como exclusivismo economicista que definía economías de fases anteriores del capitalismo vacila como término para describir la contemporánea acumulación de riqueza en pocas manos. Antes, las grandes corporaciones traficaban con bienes materiales como combustibles y alimentos. Ahora estos bienes están en curso de desmaterialización, aunque aún mantienen su conflictiva vigencia, conflictiva porque están irremediablemente destinados a mutar por otras formas en ciernes, tanto unos como otros. Los combustibles fósiles, por otras formas de producir energía no destructiva del ambiente, y los alimentos también, aunque resulte menos obvio para el conocimiento público. La agroindustria ya se esboza en modo “artificial” en el laboratorio, promesa de una futura obsolescencia del “campo”. Nuestras principales riquezas, energías convencionales y agroindustria tienen fecha de vencimiento, fuera por completo de toda inscripción en las agendas políticas corrientes. Habitamos un territorio con fecha de caducidad para sus principales producciones, además susceptible de manera vulnerable a ser afectado por el cambio climático.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6aee476e15540df8f08bb02e062cb7fc">La noción de monopolio se encuentra en trance de trasformaciones pronunciadas. Si antes era una noción peyorativa hacia formas desleales de competencia en el mercado, ahora se instala como una forma virtuosa de administrar la revolución tecnológica en curso. Los nuevos bienes producidos no son materiales tangibles sino informáticos. Las principales acumulaciones mundiales de riqueza lo son. Tal intangibilidad le es conferida a los bienes antaño tangibles. Baste mencionar aquí solo la impresión 3D o algunas funciones de la IA.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6867e27df88497f3b222a09abb845c84">Todavía no hemos incorporado a los debates el hecho de que aparecen modalidades de producción y consumo consistentes en tramas relacionales más eficaces cuanto más concentradas. No rinden varias plataformas digitales o redes sociales que ofrezcan lo mismo, Facebook I, Facebook II, Facebook III. Estas nuevas corporaciones miden su valor en tanto sus cuentas usuarias representen una proporción lo mayor posible de la población mundial. Tendencialmente, en su totalidad. No nos sirve estar en una plataforma y no en otra, sino en una que abarque todo el planeta. Sí puede haber diversas redes sociales o plataformas que compitan entre sí de manera indirecta, aunque de hecho se complementan, mimetizan o combinan, pero cada una debe abarcar todo el globo sin ser excluyentes entre sí. La gramática de la revolución urbana, aunque se inscribe en las revoluciones anteriores, radicaliza su carácter urbano. Urbanizar implica adoptar modalidades de homogeneidad, continuidad y concentración, porque lo urbano es sistémico, no discreto como lo eran antes las mercancías. Lo urbano se plasma en relaciones, no en objetos como alfileres o manzanas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-ed81b61a2b5f20a06417bc6fc0205a29">Se instala en la intuición multitudinaria un escepticismo acerca de que el monopolio pueda ser indeseable por una ética comercial de igualdad de oportunidades. Lo que sucede con redes sociales y plataformas va ocurriendo con otras tecnologías, como el transporte aéreo, las universidades y la investigación científica, los regímenes de traducción de las lenguas, la propia huella de carbono como articuladora de lo que se produce; luego la moneda; desde hace ya un tiempo, incluso los derechos humanos. Los estados proliferaron, hay más de dos centenares, y en cambio pocas corporaciones globales disponen de poderes inéditos, no solo por la necesidad de que sus productos sean homogéneos y generalizados sino porque esos productos consisten en dispositivos extractivistas de la subjetividad a la que eslabonan de manera subyugada y no consciente. Multitudes sedentarias, existencialmente enclaustradas en tramas informáticas, bien pueden ser físicamente móviles y aun así constatar el encierro de las conciencias y los cuerpos en filigranas binarias mientras recorren superficies e interfases conformes con ese orden de cosas. Las corporaciones pretenden no necesitar de los Estados, cuyos recursos territoriales y administrativos son sistemáticamente ridiculizados por caducos e ineficientes, por obstaculizadores de la vida virtual en ciernes. Todo ello en devenir de sensibilidades impotentes para toda reflexión que trascienda el laberinto algorítmico que se nos traza, para deambular imaginariamente por aventuras infinitas en cuyo carácter de rueda de cobayo reside el hastío que nos conduce a la desesperación, la ira y el odio.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-afdc1857106644f26594a1529cf6613a">No es cierto que se vaya a abolir la estatalidad ni tanto que se la aminore o reduzca como se pretende. El propósito no es ese sino prevalecer sobre la estatalidad en términos de poder totalitario. Instaurar tramas desenvueltas como matrices de sujeción que nos enreden de manera subrepticia e irreversible.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6f6b6ea1d6eb905bcc02882e760f30c7">Asumir un poder ejecutivo y emprender una destrucción torrencial de las tramas societales imbricadas en el estado no solo sirve para negocios financieros inmediatos, sino para arrasar con toda competencia que erosione la entrega generalizada del mercado a las corporaciones globales. Donde prosperaban innumerables pymes y profesionales, así como también grandes empresas, arruinados sus medios de vida, se habrán de convertir en un proletariado asalariado por las corporaciones, cuando pueda emplearse y no sumarse a la parte cancelada de la población, o en adquisiciones de empresas por grandes corporaciones globales. Esto no es nuevo, sino un impulso aceleracionista en aprovechamiento de la <em>oportunidad</em> por la que un voto masivo incauto puso a un país entero en subasta.</p>



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<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-large is-resized"><img decoding="async" src="https://i.pinimg.com/474x/bc/aa/e8/bcaae88ca05817d002e164ab692b43fa.jpg" alt="" style="width:597px;height:auto"/><figcaption class="wp-element-caption"><em>Ilustración: Maurizzio Cattelan.</em></figcaption></figure></div>


<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b8c5bf9327e5eeb2a77fc6247bc02977"><strong><em>Estado y sociedad</em></strong><em>.</em> Lo que nos agobia no viene a abolir, ni a suprimir, ni a atacar al estado. Al contrario, lo necesita más fuerte que nunca para reprimir y controlar a las poblaciones. Viene a atacar<em> a la sociedad en su relación </em>con el estado. Porque todo lo que suprimen como regulaciones del estado son prácticas y normas en su mayoría logradas como condiciones de existencia de la sociedad según propias conveniencias e intereses, eventualmente de carácter parcial, aunque se trate de poderes locales, o de derechos humanos, sociales, laborales, previsionales, etc. etc. Todos los movimientos de la índole de que se trate, que han luchado por reconocimiento, derechos, amparo, todo lo que abarcan miles de “regulaciones” proceden de la sociedad civil a través de la acción social y política, y se imbrican en el plexo normativo de la estatalidad. Todo ello colosalmente trabajoso, esforzado, sacrificado durante cien años, que es el lapso que se quiere clausurar, desde el sufragio universal. Claro que la institucionalidad democrática, sus interminables conversaciones, decisiones empeñosas de adoptar, con contradicciones, conflictos, idas y venidas, resultan contraproductivas para las grandes corporaciones, que se presentan frente a la sociedad como oferentes de bienes y servicios organizados de manera simple, directa, accesible y eficaz. Los bienes y servicios ofrecidos no son conflictivos, tienen delimitadas sus responsabilidades, no suscitan preguntas ni debates, solo habilitan lo que se nos dice cada vez que adquirimos algo de todo ello: “que lo disfrute”. No recuerdo si las casas de sepelios lo profieren también cuando venden ataúdes, pero deben tener algún equivalente funcional. Tales condiciones de fluidez y tersura tienen como trasfondo de sustentación las propias regulaciones estatales que se quieren demoler. Sin ellas los bienes y servicios circulantes adoptarían la calidad y seguridad de los bienes y servicios ilegales. Porque qué es la legalidad, en sociedades hipercomplejas, sino una garantía técnica de la calidad de lo producido, de la famosa confianza que tanto se proclama y que no existe en la ilegalidad, es decir en la libertad de vender y comprar cualquier cosa sin ninguna agencia que establezca criterios regulatorios universales, no acordados por las partes, sino establecidos normativamente.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-40ee9425af6d92e62cccc3792254fe21">La complejidad existente en el presente vuelve por completo irrealizable acordar todo lo que hay que acordar entre partes. Sin las normas interestatales IATA, subirnos a un avión sería una aventura arrojada al azar. Basta mirar alrededor para hallar miles o decenas de miles de ejemplos, de cómo la vida contemporánea sería inhabitable sin la estatalidad, o lo que sea que se haga responsable de lo que la estatalidad tiene la obligación de garantizar. Hay que tener la imaginación y la conciencia muy estragadas para pasar por alto el modo en que vivimos efectivamente. Sin decenas o miles de agencias de regulación de todo lo que nos constituye y habitamos en el mundo contemporáneo, la vida en común sería imposible. Todo se parecería a una distopía narcotráfico-terrorista. De resultar perjudicados por bienes y servicios solo podríamos vengarnos. La célebre seguridad jurídica que tanto proclaman implosionaría. Pero no pretenden tal cosa. Sus discursos son supersticiones para engañar mentes pasmadas. Aunque el canófilo mayor nos pretenda persuadir de su convicción falsamente inspirada. De lo que se trata es de que mediante esos discursos se acumule más poder y riqueza en pocas manos a expensas de la sociedad. En el experimento actualmente en curso en la Argentina, nuestra sociedad está desafiada para ver qué límites y defensas podrá oponer al ataque liquidador que se nos enfrenta.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-65b78c40b637a89a29086f70b69f9521"><strong><em>Escena del consumo</em></strong><em>.</em> El sustrato de la llamada antipolítica reside en la escena del consumo. La limpidez y premura con que las mercancías se presentan con sus publicidades y empaquetamiento físico y semiótico desmiente toda usura dada por la deliberación, la incertidumbre o el poder. Todo lo que constituye a la sociedad implosiona en la escena del consumo, en su temporalidad, en su falso otorgamiento de libertades decisorias, en la opacidad con que se omite la historia y las memorias sobre cómo ese bien, ese servicio, esa interfase digital han llegado adonde están y cómo permanecen, evolucionan y nos afectan. Todo ello reside como el secreto mejor guardado bajo la forma de la carta robada (fetichismo de la mercancía). El “cambio” era respecto del viejo mundo conversacional, decisorio, regulador, protector con todos sus defectos conocidos, por la dispensa del mundo corporativo del consumo radical. Sin la menor advertencia de que lo que hace posible deambular con tersura y fluidez por el shopping virtual o físico es un trasfondo denso, histórico, técnico, político de relaciones entre sociedad y estado sin las cuales el rédito hedónico sería inviable, o se parecería más al consumo de fentanilo, quien sabe si anuncio de lo que viene.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-62606137ed9c2dbbeaf4a7d9d89321c4">La escena del shopping es asimismo la escena de plataformas, pero también la del streaming, donde figuras humanas retórica y estéticamente desprovistas de materialidad representan un teatro de lo que se nos estructura como destitución intensiva de las subjetividades. Se cultivan nuevas modalidades de perplejidad hedónica en las que la responsabilidad por lo que sea se convierte en una palabra incomprensible. De eso se ocuparon las corporaciones. Su rasgo decisivo es la delimitación de la responsabilidad al contrato por el que tal producto o servicio codificado y empaquetado se consume en determinadas condiciones restringidas al mínimo. El apogeo fue dado porque todo lo que se compra se puede devolver sin motivo, con lo cual se cierra el círculo paradisíaco del goce lineal sin tropiezos, sin discusiones, sin incertidumbres y sin dudas. Por fuera de ello todo lo concerniente a la política, el amor, la poesía, la responsabilidad, la espera, todo queda interdicto, abolido, es superfluo, viejo, obsoleto e inservible. Cualidades todas que preceden al acto culminante: todo ello es delito, crimen, engaño, inmoralidad, y hay que terminar con ese estado de las cosas para habilitar una vida definitivamente feliz. El macrismo quiso ser una mixtura del viejo y del nuevo mundo. El mileísmo impone directamente la liquidación del viejo mundo. En ambos casos son alucinaciones, grandes fraudes, porque lo que esperamos que siga al imperio corporativo son nuevas formas de configurar luchas por la convivencia en un mundo al que no nos habremos de rendir. La pretensión distópica es muy dañina pero no puede prevalecer sin socavar su propia entidad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-5d62ee48b13183a05bba25eb28d81fee">El voto incauto al mileísmo tuvo lugar bajo la premisa de las mercancías del presente. Son inofensivas, están reguladas por controles previos y por un garantismo jurídico, están destinadas a ser elegidas como en un juego que solo tiene como regla el poder adquisitivo (el mismo que se promovió bajo gobiernos aspiracionales distributivos), y que finalmente se puede devolver sin costo alguno. Comprar lo que sea se torna, en una tendencia hegemónica, un acto meramente lúdico sujeto a la voluntad o al capricho. Si no se dispone de saldo hay crédito… Y además se puede devolver. Hay botón de arrepentimiento. De modo que tampoco hay que saber nada sobre el producto ni asumir ninguna responsabilidad. Eso significa el “cambio”, no me gusta, o me cansé, o simplemente quiero probar otra cosa: cambio. <a>Puedo hacerlo sin la menor huella en la conciencia ni responsabilidad sobre el colosal sistema técnico, social, normativo y de control que garantiza la inocuidad de todo ello. Así es como votaron, igual que como se consume, y tal como no hay casi otra forma de proceder, salvo acción deliberada y consciente: política.</a></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2abf00ffb1daea2fb2ce50e9d8098a3e">La crueldad que concierne a este orden de cosas procede desde afuera, como el clima helado que le quitaría la vida muy rápidamente a quien se expusiera a la intemperie pero que en el refugio calefaccionado es como si no existiera. Alcanza con no mirar por la ventana ni escuchar los gritos que puedan provenir del exterior.</p>



<div style="height:26px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://1.bp.blogspot.com/_OxVNB53Ds0U/S3XyC6nutlI/AAAAAAAABJI/4Q1NWfxd8ks/w1200-h630-p-k-no-nu/Maurizio+Cattelan.+Ave+Mar%C3%ADa,+2007.jpg" alt=""/><figcaption class="wp-element-caption"><em>Ilustración: Maurizzio Cattelan</em></figcaption></figure></div>


<div style="height:26px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a644a2c4cdab9bc09303e39bb4fa9061"><strong><em>Justicia social</em></strong><em>.</em> Bajo sus diversas interpretaciones y designaciones, la justicia social es el fundamento de la vida en común desde hace milenios. Siempre vulnerada, siempre motivo de conflictos e interpretaciones, su abolición en favor de un naufragio generalizado en que cada individualidad se oponga a las demás por su exclusivo beneficio, de modo que todos contra todos arrojen una suma cero, es simplemente una idea estúpida, irrealizable, que como gobierno solo puede redundar en una catástrofe, tal como vamos viendo su transcurso sin asumir que eso es lo que está sucediendo. Abolir la justicia social es algo que, en su sentido esencial, solo ha sido el núcleo decisivo del fascismo y del nazismo. No hay ninguna experiencia sociocultural histórica que haya procedido sobre esa premisa. Es una completa aberración enunciar tal atrocidad. Y es aberrante haber escuchado tal cosa en público durante un largo lapso sin réplica. Hay ahí un problema mayúsculo, en esa pasividad.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d18f16a54170beb8d9af1c1d6f1111a1">No vemos la emergencia de una nueva subjetividad política, como se obstinan en repetir algunas voces rutinarias y obtusas, porque no hay tal subjetividad política, sino que adviene su liquidación, la deriva a una condición de fentanilo, de zombis que deambulan en la oscuridad empujados por oligarquías acumuladoras de infinitos poderes y riquezas. Todo mientras mentes letradas permanecen en repositorios discursivos metafísicos laudando subjetividades políticas inexistentes, configuraciones culturales inventadas, todo lo cual también repiten como guión muchas otras voces, incluidas algunas de las involucradas en el sometimiento, la mortificación y el desprecio. “¿Y por qué tenemos que ser solidarios? ¿Y por qué no podemos ser egoístas? ¿Y por qué no podemos tener mujeres? ¿Y por qué no podemos aspirar a ser ricos? ¿Qué tiene de malo ser rico?”</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-2ad3267a423fabb19042875bfeb00008"><strong><em>Derechos humanos.</em></strong> Cifra de la nueva condición de implosión de subjetividades es la reducción de todo lo existente y concebible a apropiación y apreciación. Todo lo existente debe ser propiedad de alguien para que se le reconozca entidad, y debe tener un precio, y todos los precios se regularán entre sí en un equilibrio virtuoso. Entonces solo existe un derecho que es el derecho de propiedad, que abarca el cuerpo y la palabra como mercancías también susceptibles de intercambio. No existen los derechos humanos, dicen, porque solo hay derechos <em>humanos</em>, no hay otros derechos, ni animales, ni ambientales, ni de otredades. Hay una sola condición del derecho tal como tuvo vigencia en el “Occidente” antes de la modernidad y la Emancipación y es la concerniente al derecho de propiedad. La referencia a la vida y a la libertad, tal como se enuncian, están subordinadas a la propiedad. Tráfico de órganos y niños se infieren de esa reducción liquidadora de toda trama lingüística conversacional (pérdida de tiempo en hablar, luego <em>robo</em> de tiempo, y por lo tanto crimen). En ese mundo de competencia a muerte de todos contra todos el mérito viene determinado por la victoria, por la supremacía. Quien no acierta, <em>quiebra</em>, una de las primeras palabras que se instalaron con su inherente violencia y brutalidad en la esfera pública. Es superflua toda intervención estatal social porque quien no compita&nbsp; con ventaja sucumbirá y en ese drama darwinista todos los problemas se resolverán por desaparición y exterminio. Provincias y poblaciones podrán determinarse superfluas, inviables, habrán de quebrar. Es una fantasía nazi<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a> alucinada sobre la cual necesitamos determinar su origen, genealogía y consecuencias mientras todavía estemos en condiciones de hacerlo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-491e02590e6c5a856947e024783f64a0">El modelo conceptual que se erige como horizonte de sentido es el de la reducción de todo lo existente a precios en el mercado. Todo aquello que no se verifique en términos de apreciación no tiene porqué existir. La redención de lo viviente y de lo no viviente es mediante la apropiación de aquello que “no es de nadie” y su concurrencia al mercado determinante de “lo que vale” por la relación entre oferta y demanda. Se erige como cuasi religión, metafísicamente fundada y normativamente inspirada por una fuente sobrenatural. Nada que se infiera del juego oferta/demanda es objetable, porque en ello reside una verdad indiscutible. Extreman la noción “occidental” del derecho de propiedad, aniquiladora de cualquier otra cosmovisión o cultura ya sea comunitaria, de pobreza voluntaria, de valores no crematísticos, estéticos o de conocimiento. Solo el precio en el mercado concede legitimidad existencial a todo lo que hay.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-32aab2979e012396dc2a6edc783c3351">Esta visión está condenada a la violencia social en términos de conflictos de supervivencia de las historias y las memorias consuetudinarias, así como de las formas de encarar el futuro. Proyecto o memoria se imputan como criminales, hacia el futuro o retroactivamente. Crímenes susceptibles de represalias punitivas. Todo aquello que interfiera con la renta del capital corporativo es inmoral, es un robo y debe ser suprimido. La mera formulación de estas nociones se erige como declaración de guerra contra la sociedad, lejos esta siquiera, en gran medida, de soliviantarse contra tales despropósitos. Como ha sucedido tantas veces en la historia, todo aquello, humano y no humano, viviente y no viviente, susceptible de apropiación bajo estas concepciones sucumbió casi siempre a la voluntad de poder así diseminada por el mundo, y ahora irradiada hacia otros mundos y otras condiciones de lo viviente, subjetividades, culturas, patrimonios genéticos, formas de vida, todo aquello que por disponer de materia y energía puede ser objeto de transformaciones acoplables al capital.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a042adfc886b812a83227e4e6c3d89a9">El peligro que se nos enfrenta no se encuentra en el futuro ni aun en el presente, viene desde atrás, y prevenirnos o superarlo implica tanto una mirada retroactiva, como una disconformidad radical en el presente, como una anticipación imposible sin el concurso de una imaginación activa.</p>



<div style="height:40px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-7ba7a944045c1ee515d654425f811429">Buenos Aires, 20 de marzo de 2024.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-3a04038bceeaf11c4374f7508694f619">*Profesor universitario, crítico cultural y ensayista. Es profesor titular regular en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity"/>



<p><a id="_ftn1" href="#_ftnref1">[1]</a> Respecto de este epíteto para el caso cfr.: <a href="https://lateclaenerevista.com/la-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman/">https://lateclaenerevista.com/la-banalizacion-no-es-un-crimen-sino-una-opinion-por-alejandro-kaufman/</a></p>
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		<title>GUERRA SEMIÓTICA CONTRA EL PUEBLO &#8211; POR ALEJANDRO KAUFMAN</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Mar 2025 10:42:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
		<category><![CDATA[Destacada]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[estado sacrificial]]></category>
		<category><![CDATA[Guerra semiótica]]></category>
		<category><![CDATA[Milei]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En este artículo Alejandro Kaufman nos interpela como sociedad ante la aceptación de un estado sacrificial que propone tanto abatir al enemigo construido semióticamente, la guerra contra el pueblo, como lograr el quiebre de prevenciones morales que creíamos aseguradas en democracia; avances morales que se desvanecen ante la entrega total del país al monopolio del poder global autoritario, que a través del gobierno de Javier Milei lleva adelante una nueva devastación social y económica.</p>
<p>La entrada <a href="https://lateclaenerevista.com/guerra-semiotica-contra-el-pueblo-por-alejandro-kaufman/">GUERRA SEMIÓTICA CONTRA EL PUEBLO &#8211; POR ALEJANDRO KAUFMAN</a> se publicó primero en <a href="https://lateclaenerevista.com">La Tecl@ Eñe Revista</a>.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b5580743a4f6a20dd2946fa5adcf8c8d"><strong><em>En este artículo Alejandro Kaufman nos interpela como sociedad ante la aceptación de un estado sacrificial que propone tanto abatir al enemigo construido semióticamente, la guerra contra el pueblo, como lograr el quiebre de prevenciones morales que creíamos aseguradas en democracia; avances morales que se desvanecen ante la entrega total del país al monopolio del poder global autoritario, que a través del gobierno de Javier Milei lleva adelante una nueva devastación social y económica</em></strong>.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b2e1b2e696387ed6bec7a6d1db067696"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d5e18531e670bd10ca130847a62fe9c1"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:60px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-0ef78e863584e28120dad8c8cf133ee1">La guerra comprende el <em>estado de excepción</em> en que se suspende el derecho a la vida de quienes se designan como antagonistas hostiles. No tenemos en mente esta idea cuando se nos menciona la guerra, sino la de matar y morir, en lugar del acontecimiento categorial decisivo que la determina, que tiene tanto un sentido jurídico como fáctico. Quiénes se designan como combatientes es ya un problema partícipe del conflicto mismo, cuya resolución más lúcida se resume en diferencias de grado entre quienes se encuentran en la línea del frente de lucha o eventuales equivalentes mediados por tecnologías o mediados de muchas otras formas, vinculadas con temporalidades o localizaciones espaciales.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a81205c8d89a9cdf562fd4d93fc8b013">La guerra se define entre partes en antagonismo letal. Cualquier vida o cosa mueble o inmueble perteneciente a la otra parte es susceptible de muerte y destrucción, en forma recíproca y simultánea. No importa quién “empezó”, porque una vez que se <em>empezó</em>, hasta que <em>termina</em> el conflicto bélico, las partes son antagonistas mutuos susceptibles de muerte y destrucción.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-55d35e8ecfab88ce059d00e839631a84">En los imaginarios colectivos prevalece una noción duelística sobre la guerra que no tiene mayor relación -o aun ninguna- con lo que realmente acontece. En <em>Los duelistas</em>, Joseph Conrad se burla desde las primeras líneas de esa noción irreal e imaginaria, y toda la novela es una ironía sobre el duelo como supuesta confrontación entre pares que se dirime por la victoria de uno sobre otro, y en la que se defiende el honor. Es una gran novela deconstructiva del patriarcado <em>avant la lettre</em>, en tanto el honor y sus derivaciones libidinales son los garantes de la supremacía. En otros tiempos la guerra era la escena decisiva para tales <em>juegos</em> en tanto organizadores sociales.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-936b49277faf0dd032f3af81f7bb1ea0">Perdemos la noción de que la idea misma de que dos partes luchen entre sí, y una gane y la otra pierda, confiriendo por ello razón a la primera, no es justa ni plausible forma de vida, no obstante que la historia y la política insistan en obturar cualquier otra forma de convivencia. Las justas deportivas sostienen los imaginarios duelísticos que nos hacen pensar la guerra como juego sujeto a reglas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-818d71c339d97a57ebedd8fa8fd94322">Lo modernidad lo sabe y por eso prohíbe el duelo e intenta configurar instancias supra soberanas mediadoras, conducentes a un <em>ideal</em> de paz perpetua de imposible realización efectiva. No obstante, se mantiene la insistencia, mientras otras actitudes, reaccionarias de derecha fascista, dan por finalizada una experiencia que no goza de tan mala salud como se supone, aun cuando la distancia con los ideales alegados resulte una y otra vez decepcionante.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-377d6df7b58322a67abc7e13eb08b5b9">La cuestión que aquí importa, no obstante, es otra. Para la<em> experiencia</em>, lo más relevante, inmediato y aun impensado de la guerra es la <em>exención del derecho a la vida</em>. Antes que matar o aun morir, lo que se pierde es la condición por la cual el lazo social es responsable de las condiciones que sostienen y hacen posible la vida. En tiempos modernos esto supone, parafraseando a Lenin: la electricidad. La electricidad ha matado a dios como ninguna otra condición en particular: no hay ya fortuna, ni suerte, ni desdicha, ni providencia, todo es administración de las cosas, previsión de incidentes y contingencias, provisión de los medios que vuelven sustentable la vida urbana. En el transcurso de más de un siglo desde que se instrumentó la electricidad pasamos de un beneficio todavía alternativo hasta la actual electrodependencia. La vida en común en la actualidad no se puede desenchufar sin ocasionar catástrofes, y ello ajusta el lazo social como nunca antes había acontecido en la vida sedentaria. Solo en la navegación marítima existió en la historia cultural tal entrelazamiento que la electricidad (por sintetizar bajo ese término el conjunto de fenómenos técnicos consabidos) confirió a la entera existencia, cada vez más y más hacia un futuro metabólicamente ineludible.</p>



<div style="height:26px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://cdn.img.noticiaslatam.lat/img/07e4/0c/17/1093919589_0:27:1401:815_1920x0_80_0_0_2f201e74122adbb985fa1e0f5fea8cfc.jpg" alt=""/><figcaption class="wp-element-caption"><em>Lenin presentado el ambicioso plan para electrificar la Unión Soviética</em> <em>© Foto : Leonid Shmatko, 1957</em>.</figcaption></figure></div>


<div style="height:25px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1067e1f74e64e181a262a0241e67f7a9">El derecho a la vida se funda en ese estado de cosas tecnológico, inherentemente violento contra la vida humana, sometido en forma constante y silenciosa a sus funciones que nos hacen olvidar el riesgo, imbricado con burocracias, tecnologías y desarrollos sociales, securitarios, actuariales, gestionarios, previsionales. Es todo ello lo que sucumbe a la guerra, porque la guerra moderna tiene como blanco, al decir de Ernst Jünger respecto de la movilización total, hasta al <em>bebé en su cuna</em>. La distinción jurídica entre combatientes y civiles a veces se respeta, por lo general es precaria, y con frecuencia se la ignora en la actualidad, tal como sucedió en varios momentos atroces del siglo XX. Carl Schmitt da por terminada la ilusión democratista liberal moderna porque, en la realidad efectiva, la guerra es destrucción masiva, estado de excepción ineluctable, pérdida de toda ilusión. Nos hemos adaptado a ese melancólico estado de cosas, y la institucionalidad socialdemócrata, tan weimariana ella, aun en crisis que parece terminal, todavía no ha dejado su lugar para otra cosa. Sin embargo, los días que corren son testigos de una gran tentativa de liquidar ese estado de cosas, por segunda vez después de un siglo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-8beea691f4700d791d6a81a060e0620c">Los actuales sucesos, antes que propiciar un debate estéril sobre cómo se llama lo que ocurre, dan lugar a que aprendamos de lo que efectivamente acontece, que demos cuenta de ello, que la historia nos despierte del sueño creacionista según el cual todo ocurre ex nihilo, sin perjuicio de que tampoco es repetición. Pero este tipo de conflictos no se resuelve en el gabinete taxonómico ni mediante definiciones de laboratorio, sino en el propio acontecer, sin perjuicio de la sede intelectual y académica, pero de modo cognitivamente fértil y no como guardianes de restos fósiles a los cuales amoldarnos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-26c5f921b4b3af67d049018ab5a1c063"><em>Exención del derecho a la vida</em>, entonces. Las tradiciones bélicas tuvieron formas pragmáticas de responder a tal exención con diversas compensaciones, premios, medallas, laureles y contenciones. La vida en paz, regulada por un orden trascendente, obtenía de esa fuente lo que se necesitaba en términos espirituales que hoy llamamos experienciales. La modernidad, con sus nuevas formas de violencia, o contiene la vida en común del modo “weberiano” o da lugar a un desamparo cósmico, a un sufrimiento no solo inconsolable sino inexpresable, malestar en la cultura. Es de lo que tratan el arte y la literatura modernistas. De Baudelaire a Flaubert, de Melville a Kafka, de Buster Keaton a Monty Python, de Géricault a Rothko, de Martínez Estrada a Libertella, dicha esta serie con no poca arbitrariedad, solo por no omitir algunas preferencias, con una perspectiva temporal ampliada y no más que ejemplificadora.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-910e8682096ab4399d798f1731058961">Tratamos de inteligir sucesos multitudinarios, acontecimientos sociopolíticos que no podemos entender de dónde salen con su contumacia para el Mal y la autodestrucción tanática. Tratamos de prevenirnos de esos sucesos, de anticiparnos a ellos para que <em>Nunca más</em>, mientras acumulamos avisos de incendio caducados que corren detrás de los hechos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-a14f77096d3833db40ba12d11f1f3601">Importa aquí señalar modos concretos en que nuestras propias multitudes se han arrojado al vacío, así como dar vueltas alrededor de las palabras que forjamos para sobrellevar la desdicha. El embargo de masas, conversión zombi, subordinación voluntaria, crueldad militante supernumeraria, no responden a meras dimensiones cognitivas, noticias falsas, distorsiones, terraplanismos y aun negacionismos. Todo ello concurre pero no alcanza, lo cual se constata por la inanidad de todo debate, de toda desmentida, de toda discusión. Sucede algo mucho más grave y de difícil determinación. La urgencia que advertimos necesaria para esclarecer lo que sucede no se nos acompaña de respuestas satisfactorias por más sortilegios teóricos y retóricos con que las ornamentemos.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-bf0da07475664995b0ceef17001a0391">Lo antedicho sobre la guerra apunta a establecer como decisiva la amenaza experimentada frente a la agencia antagonista. Esa amenaza es contingente, se puede interrumpir en cualquier momento, sale como de la nada, es injusta e irracional, y sin embargo su materialidad es inapelable porque la reciprocidad la hace inmisericorde. La espiral ocasionada por el antagonismo letal sumerge a las partes en la destrucción mutua. Uno de los posibles desenlaces de tal conflicto, como sabemos, es el genocidio, si una de las partes queda sometida a un estado de inermidad, por derrota o por condiciones propicias determinadas por la otra parte, un estado de inermidad conducente al exterminio sistemático, metódico. Hay zonas grises entre estado de guerra y genocidio que vuelven más difícil la intelección.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-245b8e9eda665b6d50f20f81e501ec1e">Nos encontramos en un estado de desprevención ante la lógica de la guerra semiótica contra el pueblo porque en estado de paz organizamos dispositivos y discursos preventivos. Todos ellos, construidos e institucionalizados en los últimos cuarenta años, comenzaron a ser desmontados en forma casi inofensiva en comparación con lo que sucede en la actualidad desde 2015 en nuestro país. Desde 2024 se encuentra en ejecución un plan de genocidio social y terrorismo económico que, si bien levanta resistencias, obtuvo un impulso colosal por sus resultados electorales. Nuestra sociedad no se encuentra en condiciones políticas y morales de desconocer un resultado electoral y ello nos convierte en rehenes de un plan de destrucción masiva, de liquidación del país entero para obsequiárselo en su totalidad a los monopolios globales absolutistas totalitarios, convertidos ellos en dispositivos de poder concentrado, ya no en meras empresas analizables económicamente sino en configuraciones imperiales dotadas de poderes de magnitud inédita. En algunos de los intentos de conceptualización se los ha llamado tecnofeudales, término que da cuenta de la alianza entre tecnología y poder de sujeción masiva.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-484890bd079b06fab3949be4082bcb71">Nuestra pregunta nacional es sobre la subyugación masiva a un plan tanático de cancelación colectiva. Si la guerra requiere para ser inteligida del estado de excepción por el que se suspende el derecho a la vida, son sus mecanismos, aplicados a ciertas esferas u ocasiones de la política, los que nos pueden otorgar indicaciones sobre cómo se consigue que una entera parte de la población adhiera voluntariamente a la suspensión del derecho a la existencia. Quede claro que aquí se trata de esas derivaciones de las lógicas bélicas a la vida social y política.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4897904cd9dbc37782d49c59a088e5ad">En la guerra, la participación, aun en condiciones disciplinarias y forzadas, cuenta con el grado cero de la voluntad que es su clave: expuestos los combatientes a la amenaza contra su vida, se defienden. Ese es el mecanismo básico del soldado. No importa si quiere o no matar, defenderá su vida ante el ataque enemigo, aunque este ataque no tenga lugar, porque la definición de la guerra antecede a los hechos de violencia. Anteceden a los hechos de violencia tramas históricas, simbólicas, territoriales, finalmente semióticas, que delimitan a seres humanos en las partes que procederán a la hostilidad recíproca. Más allá de cuando existan motivaciones, ideologismos, causas y nacionalismos, lo que hace de hecho posible la guerra es la condición por la cual se defiende la vida ante una amenaza representada por un régimen de signos. Cuando aparece en la escena tal bandera, tal escudo, tal signo o acción señalada, la amenaza está consumada y es necesario el ataque en tanto defensa.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6ee7750a048ec7ede4eddf2b1cf7ca96">Desconocemos, olvidamos o ignoramos cuánto tiene la idea capitalista de <em>incentivo</em> esa misma condición de auto defensa frente a una amenaza, sea la indigencia, la bancarrota o la pérdida de reputación con todas sus consecuencias. No es casual que, en toda la última campaña electoral, detrás de una palabra tan letal, intimidatoria y cruel como <em>motosierra</em>, se escuchara <em>quiebra</em>, <em>quebrar</em>. La forma de regular el lazo social en el mercado desatado sin intervenciones de responsabilidad y solidaridad es la derrota brutal y el destino de ruina, rotura, pérdida, planteados como virtudes para quienes ganen en ese duelo y como destinos funestos pero justos y deseables para quienes pierdan. Es una lógica de guerra, además así frecuentemente planteada en sus escritos y decires por sus partidarios: <em>márketing de guerra</em>, <em>periodismo de guerra</em> no son secretos.</p>



<div style="height:26px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>


<div class="wp-block-image">
<figure class="aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://www.eltrecetv.com.ar/resizer/v2/el-presidente-argentino-javier-milei-le-regala-una-motosierra-a-elon-musk-foto-reutersnathan-howard-7JYJ7QPGBJBXZD734ULICAUIF4.jpg?auth=ca36acf709943fc5cf91ad689e6810a35d6033ecc635ad482f73cdf829b915d1&amp;width=1440" alt=""/><figcaption class="wp-element-caption"><em>Javier Milei, le regala una motosierra a Elon Musk. Foto REUTERS/Nathan Howard.</em></figcaption></figure></div>


<div style="height:26px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4ab88c2ed916216437f645a94a0f1899">O sea que el régimen mismo de vida que se impuso es uno de amenazas a la propia existencia, amenazas que requieren ser respondidas de modo simétrico en cuanto hostilidad categorial. En ese orden regulador de la “libertad” ¿quiénes son los peores enemigos que deben ser aniquilados? Quienes han causado la pobreza, la decadencia, la solidaridad (que impide defenderse). Para esta lógica, la solidaridad, es decir, la justicia social, es como la proclama pacifista a viva voz en medio del combate: si es escuchada por la propia tropa, la dejará indefensa frente al enemigo, que no la escuchará, de modo que tendrá que ser tomada como enemiga y neutralizada. A esta proclama pacifista se la llama “wokismo” entre otras denominaciones y matices.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-257787ad3faba00c3ab7869c2dfd2bec">En ese drama de reciprocidad rival, competitiva, violenta, de bregar solo por la propia supervivencia, reside lo que colectivamente estamos experimentando en estos días. En condiciones de guerra, en primer lugar hay que defender la propia vida. Si alguien hace algo por la vida de otra persona ¿por qué eso es señaladamente heroico? Porque es improbable. Si todos los combatientes fueran héroes que descuidaran su propia vida, tal ejército podría ser derrotado. La prioridad es la defensa de la propia vida contra el enemigo. En la instrucción para el combate no se imparte solidaridad ni heroísmo sino defensa de la propia vida, porque ese es el hecho que servirá para el conjunto combatiente. El libre mercado asume una lógica análoga. Ambos tienen como premisa el sacrificio de una parte del conjunto en favor de la mayoría. Y tienen además en común que no hay otra regulación que la propia acción ofensiva, competitiva, de cada individuo. Los anarcocapitalistas defienden el monopolio por ello, porque opera como conducción del conjunto para una mayor eficiencia. No hay tal libre mercado. Libre se es de ataduras estatalistas y solidarias. Solidaridad significa atadura, no libertad. Confiere plausibilidad a tales temperamentos la naturaleza violenta y competitiva inherente al capitalismo frente a la cual una estatalidad reguladora y otras formas sociales de reducción del daño imponen límites a la acumulación, es decir, al rédito victorioso obtenido por quienes hayan acumulado mayor poder y riqueza. Insistamos: la homologación no es una ocurrencia en este texto sino premisas y muchas veces explicitaciones en el propio discurso del capitalismo libremercadista sin perjuicio de lo más decisiva que es la experiencia verificable.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-494fe099826dfb068d37c3df887aaa8e">La lógica de la guerra es una lógica de gobierno porque permite lograr algo prácticamente imposible, que desafía a la razón, y que por eso barremos bajo la alfombra del olvido y la inconsciencia. Cómo se consigue que dos grupos antagónicos de seres humanos se maten entre sí, cuando tal suceso, si se librara a la espontaneidad y la convivencia sería de imposible consumación. Cuando Úrsula Kroeber Le Guin imagina la violencia y el eventual odio en una sociedad sin guerras la narra como suceso contingente aislado, violento, pero no sistemático ni disciplinario, o sea, imposible de alcanzar una magnitud catastróficamente destructiva, más similar a peleas infantiles en recreos de escuela primaria que a fenómenos masivos. Aquí también pensamos, como ha sido prevaleciente en tradiciones de larguísima trayectoria y vigencia, que la guerra de todos contra todos no es inherente al supuesto metafísico de una naturaleza humana.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e843a891cb436bce16c44421339800eb">¿Por qué abordar de esta manera la actualidad que nos embarga? Portamos la inercia de tiempos precedentes en los que se podía barruntar el peligro y por lo tanto se trataba de prevenirlo con categorías, conceptos y políticas públicas sobre discursos de odio, discriminaciones racistas o de género y negacionismos. Todo ello ocurría en los márgenes, aunque de un modo creciente a lo largo de los últimos años hasta que llegó a gobernar un proyecto que nos pone a discutir acerca del fascismo. Más que el nombre mismo con que lo designemos, lo que importa es caracterizar que ya pasaron los tiempos de la prevención. Ahora nos encontramos en un período de hórrida consumación, en el que la motosierra, la quiebra, el odio, la palabra “exterminar” gobiernan efectivamente, y lo que suceda no ocurre de un día para el otro sino en forma no careciente de confrontaciones resistenciales, que abundan, pero no nos eximen del estado de estupefacción paralizante que hasta el presente ha prevalecido como tonalidad destacable. Contemplamos cómo se nos despelleja en carne viva en tanto sociedad sin atinar a una respuesta acorde. Tal estado espiritual fue descrito por Franz Kafka en muchas de sus obras, entre las que sobresale “El buitre”, acerca de la atonía en respuesta a un estado de cosas que en el pasado se auto denominó fascista y que ahora, como no se reconoce como tal, nos impone discutir sus decires y acciones una por una sin acertar a una configuración unificada aceptada por consenso (por peores que sean las razones esgrimidas para desdeñarla). La guerra semiótica contra el pueblo no es contestada del mismo modo, sino de modos vulnerables que para el antagonista habilitan cancelaciones radicalizadas. No hay vocación de contestar del mismo modo, del modo que es inherente a los talantes opresores. Por eso ellos tienen que inventar violencias, asociaciones ilícitas, conspiraciones inexistentes para justificar como paridad el antagonismo conceptual que se impone en forma supremacista. El trato hacia los pueblos originarios ofrece una de las matrices respectivas.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-dc1ff118d165c21a3879f7564bf2e52e">Lo que importa de lo aquí propuesto, finalmente, es atribuir a la multitud embargada por la violencia social instalada y voluntariamente sostenida por millones, según parece, no malicia alguna pero tampoco una representación política soberana, como no lo haríamos frente a un ejército combatiente ante una amenaza letal. No estaría exento tal análisis de afecciones vinculadas con el ánimo y su homologación con las condiciones de conflicto civil por ahora semiótico que atravesamos, pero de lo que se trata es de definir un colectivo social enfrentado a amenazas creíbles para él mismo, frente a las cuales la declinación -sacrificial- del derecho a la vida es una condición supuesta de la supervivencia.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4085aa751f4a00af44636b48e94695c3">Así es como nos han embargado a través de los pánicos financieros y securitarios durante los años de preparación para el actual estado de cosas. Bajo esas categorías se instalaron los pánicos morales que explican por qué es plausible sacrificarse en defensa propia, porque hay un enemigo que nos daña y causa nuestra desgracia, contra el cual es inevitable luchar a fin de suprimir el daño para alcanzar una felicidad futura.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4041dc34216bb746e071402d7a5a92fc">Cómo salir de este laberinto es un problema más difícil que el que las formas convencionales de nuestra conversación pública tienen para encararlos. Buena parte de dicha conversación no hace más que constatar e incentivar la condición de la amenaza bajo la cual estaría la sociedad, se llame como se llame tal amenaza (zurdos, woke, kukas…), y contra la cual vale la pena cualquier sacrificio en el marco de la defensa propia.</p>



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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-563fa149685b0a0d687a0d392fdaf9f8">Buenos Aires, 26 de marzo de 2025.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-afe596e4c387747121a955b49adc3baf">*Ensayista y profesor universitario.</p>
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		<title>24 de marzo de 2026: Del terror de estado al terror de masas &#8211; Por Alejandro Kaufman</title>
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		<dc:creator><![CDATA[La Tecl@ Eñe]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Mar 2026 02:12:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Alejandro Kaufman]]></category>
		<category><![CDATA[golpe]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Aunque la vida en común venga siendo estragada por el crimen social de la violencia socioeconómica concentradora de la riqueza en pocas manos, con indiferencia por el dolor ajeno, continuará la consigna levantada y caída una y otra vez, mientras una chispa de esperanza utópica siga viva: Nunca más.</p>
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<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-4e29ce7bf2b3b897f13e4b73a04bf362"><strong><em>Aunque la vida en común venga siendo estragada por el crimen social de la violencia socioeconómica concentradora de la riqueza en pocas manos, con indiferencia por el dolor ajeno, continuará la consigna levantada y caída una y otra vez, mientras una chispa de esperanza utópica siga viva: Nunca más.</em></strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-b2e1b2e696387ed6bec7a6d1db067696"><strong>Por Alejandro Kaufman*</strong></p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-d5e18531e670bd10ca130847a62fe9c1"><em>(para La Tecl@ Eñe)</em></p>



<div style="height:68px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-drop-cap has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-e8f804dfdaef1eddf9261ee6d0c1eaf9">La inquietud distópica porque la fecha invierta su sentido para tornarse reivindicación de la “reorganización nacional” no encontró todavía su nuevo límite en los tiempos de oscuridad que corren. La Argentina que ellos quisieron ya no aparece como advertencia o aviso de incendio por parte de un temperamento preventivo, sino como gradual y creciente manifestación de aquello que en forma latente estuvo respirando estrago todos estos años desde la vergüenza arrojada sobre la sociedad que consintió el horror.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-972d21b4085222b5a58bb2231327581a">Transcurrido medio siglo, lo que tenemos o lo que podemos pensar en estos días es cómo de alguna manera hemos vuelto en muchos aspectos, no en otros ni en todos, a los que fueron los designios de la dictadura, no en sus métodos sino en sus propósitos, no en idénticas consecuencias luctuosas, sino en la vida en común imaginada por ellos. ¿Cuál era el país que quería la dictadura? Un país en el que se suprimiera la justicia social hasta cierto punto. Que la justicia social se extinguiera, que se redujera a su menor expresión, que se desvitalizara. La dictadura no pretendió tanto como abolirla por completo y declararla crimen imprescriptible, como ahora se ha dicho. Pretendió erradicar, exterminar a quienes habían sido los actores de <em>una forma</em> de la justicia social, considerada tanto en la dictadura como después, como incompatible o indeseable para una vida democrática. La dictadura se figuraba una vida democrática expurgada, depurada de <em>utopías</em>. Quería esterilizar esos “elementos”, excluir demandas de justicia que tuvieran cierta radicalidad, cierto grado de irreductibilidad o de irreversibilidad, porque para ellos alteraban determinados valores o determinada lógica jerárquica conservadora, “occidental y cristiana”. La dictadura pretendía una democracia depurada con un enfoque socioeconómico neoliberal capitalista tributario de la riqueza concentrada, pero nunca se le ocurrió explícitamente ni en cuanto a sus acciones destruir el Estado en forma programática y deliberada. No obstante que hirió al estado en sus cimientos, al desaparecer a una multitud, y al desaparecerla para siempre, y al falsificar identidades de cientos de recién nacidos. Hirió al estado porque el grado cero del estado es el registro poblacional de quién nace y de quién muere. Esa condición precede incluso a identificar a las personas de manera moderna. Destruir el lazo social en su determinación poblacional, en su propia existencia reconocible y compartible, rompe un principio civilizatorio originario aun anterior a la estatalidad misma. Gobiernos democráticos hicieron mucho por reparar esa demolición, por restaurar el lazo social, siempre frente a diversos grados de apoyo y compromiso, o indiferencia y aun oposición silenciosa o marginal.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6f682e699ba2310ea1bf88c28a81cbd6">No fue anarcocapitalista la dictadura. Las ideas del anarcocapitalismo comportan una distopía que pretende llevar las características monopólicas del capitalismo hasta sus últimas consecuencias. Lo dicen ellos mismos. No es una interpretación. Una distopía constituida por una elite de millonarios a la enésima potencia, un Olimpo selecto formado por un puñado de propietarios del universo entero. Rememorar es recordar continuidades y discontinuidades, identidades y transformaciones. Reconocer los distintos y cambiantes rostros de lo que perpetra, hiere y mortifica.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-6e3033e2d38ba07a576ec89ce3d1ce41">Y entonces, en el trayecto hacia esa distopía se sigue un camino que fue trazado también en la época del menemismo, que tuvo diversos momentos de intención y que constituyó el legado del programa socioeconómico de la dictadura. Son las mismas acciones llevadas al límite. Nunca la abierta crueldad y brutalidad con que se plantea esta depuración radical, extrema de la vida social, había alcanzado una expresión de esta naturaleza y alcance pretendido. La otra diferencia importante entre la dictadura y el momento actual es que en la dictadura hubo un consentimiento silencioso, pasivo, implícito, no reconocido, mientras que ahora se alcanzan propósitos similares en ese terreno de lo socioeconómico a través del voto. O sea, hay una voluntad que es abigarrada, que es obtusa, que es oscura, que niega algunos aspectos y afirma otros, pero que concuerda, que apoya un proyecto que está desencadenando los fenómenos que venimos padeciendo y que son posibles porque se los asume como un sacrificio necesario frente a un enemigo que hay que destruir. Eso también, el enemigo que destruir, es algo común con la dictadura. En la dictadura había un enemigo que eliminar, que desaparecer. Y el enemigo que ahora se trata de destruir y desaparecer en realidad es el mismo enemigo, con métodos distintos. Los métodos diferentes no son solamente los métodos del gobierno para realizar su programa, sino que tampoco son los mismos los métodos que la justicia social requiere o practica para alcanzar sus metas. Los métodos son democráticos desde hace cincuenta años. Democráticos en el modo en que se discuten, con antagonismos y discrepancias. De un talante democrático forma parte alentar y dar hospitalidad a que la herencia de un movimiento social que procedió de diferentes modos en el pasado y fue luego víctima de desaparición, al no haber desaparecido en su totalidad, y al haber dejado una herencia popular democrática, sea admitido como parte de la vida en común en lugar de ser empujado cada vez más a una criminalización y etiquetamiento de terrorismo por ideas y acciones constitutivas del repertorio democrático en todo el mundo.</p>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-64c00718aa47a3d4abadbd2248eb575d">Por fin, la discusión que instaló la dictadura argentina es una discusión sobre la democracia imaginada o pretendida. Entonces la democracia no fue tanto como mera y simplemente la superación de la dictadura, sino que devino -considerada aquí y ahora- en la consumación en mayor o menor medida de lo que la dictadura se propuso, mientras el movimiento popular renunció a la violencia política en sus formas del pasado reciente. Eso no quiere decir que toda violencia fuera a ser suprimida, porque como bien sabemos, la protesta social, la huelga, la manifestación callejera son ahora consideradas como terrorismo, como violencia punible por el gobierno actual, en lo cual coincide también con la dictadura. A veces eso no resulta tan obvio porque algunas de las formas de la violencia en la época previa a la dictadura tuvieron otras características inequívocamente nombrables con esa palabra, mientras que las de ahora son parte de la vida democrática y siempre existieron. No hay democracia que pueda impedir que las calles sean escenario de protestas. Los pertrechos que en todo el mundo usan las fuerzas de seguridad urbana admiten esas formas de protesta, están diseñados para confrontarlas o contenerlas, se defienden y protegen de ellas porque las dan normativamente por supuestas, de lo contrario, si de terrorismo o guerra se tratara, procederían como se procede en las respectivas situaciones. Ello no comprende apalear personas discapacitadas o ancianas, ni trabajadores y trabajadoras en manifestación o huelga. Sin embargo, esta forma particular en que han ocurrido las cosas en la Argentina, en donde la dictadura no tuvo un liderazgo vitalicio y único como el de Pinochet, se autoconsideraba transitoria, tuvo varios presidentes porque ninguno predominó, no fue populista, no tuvo adhesión explícita de masas, todo aquello deseado se consumó finalmente a través de un largo proceso de medio siglo que terminó en lo que estamos experimentando ahora, en un sentido ominoso, incierto, doloroso, destructivo, que tendremos que rememorar y reconocer en la actualidad en este nuevo aniversario, en que las palabras repetidas durante décadas se vuelven a presentar en la jornada señalada. Palabras que se dicen o se piensan todos los días, y que no remiten a aquello que forma parte de la vida social predecible, aun si conflictiva y problemática, sino a aquello que no fue esperable que sucediera, <em>que no debería haber sucedido</em>, y que aunque la vida en común venga siendo estragada por el crimen social de la violencia socioeconómica concentradora de la riqueza en pocas manos, con indiferencia por el dolor ajeno, continuará la consigna levantada y caída una y otra vez, mientras una chispa de esperanza utópica siga viva: <em>Nunca más</em>.</p>



<div style="height:50px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p class="has-black-color has-text-color has-link-color has-medium-font-size wp-elements-1ab69b2d2dd47c029e35ea296e3f81ae">*Profesor universitario, crítico cultural y ensayista. Es profesor consulto en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales.</p>



<div style="height:15px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



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<figure class="wp-block-image"><img decoding="async" width="271" height="68" src="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo.png" alt="" class="wp-image-16425" srcset="https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo.png 271w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-260x65.png 260w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-50x13.png 50w, https://lateclaenerevista.com/wp-content/uploads/2025/07/logo-150x38.png 150w" sizes="(max-width: 271px) 100vw, 271px" /></figure>



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