La pena de muerte – Por Horacio González

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La pena de muerte – Por Horacio González

La felicitación del presidente al policía Luis Chocobar significa un acto de Estado ligado al terror, al condicionamiento de los jueces y a los ciudadanos en general. La afirmación de Durán Barba sobre la aceptación de la pena de muerte encierra la justificación “científica” vía encuestas de un asesinato.

Por Horacio González*

(para La Tecl@ Eñe)

A mediados de los años 20 el joven Walter Benjamin escribió su famoso trabajo sobre la violencia, donde figura la palabra “crítica”. Crítica de la violencia. No era un alejamiento de la violencia, pues con la palabra crítica quería significar qué se podía desentrañar de esta palabra cuya referencia es casi toda la historia de la humanidad, su oscura dimensión propiciatoria; su relación con el mito y el derecho, y con su capacidad de crear sociedades nuevas o prometer masacres sagradas.

Es uno de los trabajos más conmovedores y sorprendentes de Benjamin, mantiene un manto teleológico permanente y para algunos, inscribe allí el futuro de su propia obra y el destino de su propia vida. Lo recordamos repentinamente ante el asombro que nos produce el asesinato de Estado producido por un simple policía, que se sumergió en las hondonadas más profunda del desprecio por la vida humana, y en su trágica acción –pudo haber durado 5 o pocos más minutos-, comprimió todo el drama de una época.

En las reflexiones de Benjamin –festejadas en su momento por Carl Schmitt, pues permitían pensar en el derecho y su destrucción a través de distintos tipos de violencia-, se pasa por un momento en que el autor afirma que en los estratos de la vida popular tiende a aprobarse la pena de muerte. En un tejido oscuro de la conciencia colectiva.

Lógicamente, no hizo ninguna encuesta, no salió a preguntar por los alrededores de Berlín, Viena o Moscú. Tenía una amarga convicción que se podría explicar de muchas maneras, no sólo por el tembladeral de la Gran Guerra –allí la muerte es otra cosa, no una lección estatal, aunque algo de eso tiene-, sino por su cuestionamiento al modo en que se invoca lo popular por parte de las socialdemocracias, que a su juicio, debía pasar antes por despejar un conocimiento más profundo sobre la relación de las capas populares ante el espectáculo de la muerte del delincuente  por parte de la ley de Estado.

Este espectáculo, que no era fácil detectar entre los fundamentos últimos del feudalismo en relación a la potencia de castigo que mantenían lo poderes dinásticos, podía ser el creador de la línea que separase “normalidad” y “anormalidad” como supuesta muralla entre el bien y el mal. Se basaría quizás, en un secreto deseo de la sangre, sorbida del cuerpo del desdichado sorprendido en algún infortunio o un daño, involuntaria o  no. Así se le ofrecía una cabeza a la comunidad aldeana que se fortalecería con su propio terror y su propio contento en ver un ahorcado en la plaza o una espalda donde brotan hilos definitivos de sangre. Allí hay una forma de gobierno.

¿Qué querría decir que el pueblo ansía secretamente “la pena de muerte”? Es posible que Benjamin estuviese describiendo ácidamente el comienzo de una violencia mítica, purgación genérica de las sociedades que quieren recubrirse con una capa pseudo moral a sabiendas de sus confidenciales proyectos diarios para vulnerarla. Podemos juzgar la frase benjaminiana como un gran lamento y también como una orientación intelectual para amonestar al partido del progreso, que idealizaba la vida popular como una escena pastoril, ajena a sedimentos históricos de dominaciones e injusticias ejercidas por los señores de la sangre, que hacían emanar su poder del ejercicio, sobre la servidumbre, de una tropelía que simultáneamente parecía enclavada en la propia conciencia de los más masacrados por la indigencia, el hambre, la necedad, el deseo de consuelo en el mal del otro, de un igual.

Reescritura del contrario social, de la fundación del Estado. Esa sangre derramada por el Estado alimentaba el amor por los príncipes. De lo popular emanaba la brujería, el hurto pequeño, el asesino que quería liberarse en el interior de su cortijo de sus propios fantasmas de senilidad o locura… Todo eso era motivo del castigo supremo que no era el Feudo el que lo hacía, eran los mismos siervos los que lo soñaban para seguir justificando su ignorado ludibrio.

En la Argentina gobierna un pensamiento primitivo, en tiempos que se dicen tecnológicos, que parte del mismo principio del escarmiento mortal oscuramente deseado por los ciudadanos. La ciudadanización a través del efecto que produce una muerte sacrificial, un ladronzuelo que huye y al que hay que matar por la espalda, lanzado sobre él los dardos incendiarios del Estado, apenas dos balas o más, nueve milímetros, lo que sea, en una escena donde la violencia que rompía todo indicio de derecho y los restos de cualquier ley, se podían considerar llamados a reagrupar el medievo nacional alrededor de sus patricios o patricias. ¿Pero puede ser esto?

Verdaderamente, no es digno, no tiene fundamentos decir que “el pueblo quiere la pena de muerte”. Por más difícil que sea representar hoy la idea de un pueblo con porciones de homogeneidad heredadas de pedagogías anteriores, no podemos, no debemos creer que eso sea cierto. Pues Durán Barba lo cree. Dice que ha hecho encuestas, no solo aquí, en otros países, los menciona: Chile, Ecuador, Brasil, todos quieren la pena de muerte. O algo parecido de lo que ocurrió en La Boca, la muerte por un brazo policial al margen de la ley. Durán Barba aclara: yo no estoy de acuerdo con eso, pero las encuestas lo dicen. Esta frase tiene un alto índice de obscenidad, es lastimosa, artera, sólo repudiable en las alturas de la mayor repugnancia. Es decir, partiendo de que cree que las encuestas son una “ciencia”, está justificando científicamente un asesinato.

Que el Presidente lo haya recibido a Chocobar y felicitado en un despacho oficial, significa producir un acto de Estado ligado al terror, al condicionamiento de los jueces a los que aún les falta condicionar y a los ciudadanos en general. El policía Chocobar estaba contento. Es un apellido del norte del país. Podemos imaginar quizás su vida. Pudo ser hace siglos alguien que festejaría el daño que las fuerzas militares producían en otra comunidad o en otro vecindario, o al revés, pudo tener ancestros campesinos que sufrieron de muchas formas los estilos de coacción de conquistadores, encomenderos, políticos conservadores, policías rurales, guardia pretorianas.

Pero no, ahora por fin salía de su duda, algo le decía que había pasado un límite, pero igual no sabría bien decir si le había gustado matar o no a un hombre, a un muchacho que corría después de un robo, pensando que solo con su velocidad zafaba. Un juez quiso imputarlo. Por eso tenía dudas Chocobar. No había leído la Encuesta de Durán Barba. Pero todo se desvaneció en ese momento, con la ministra felicitándolo, con el presidente distendido y locuaz en las medida que le es posible, que le decía que sí, que sí, que todo eso estaba bien y que debía haber muchos miles y miles de Chocobar, y que luego otros policías replicaban “somos Chocobar”, y que las encuestas estaban a full, que por lo tanto la Ciencia aprobaba. Pensó entonces que matar a un hombre era reconstruir la sociedad… o ser un héroe… Volver al barrio con la frente alta.

La escena pedagógica le recordaría difusamente que pudo ser castigado como en alguna lejana escuela del interior del país, desprovista y despintada, pero ahora él era el Estado, una de sus formas, una de sus espadas, una forma de la ciencia, una racionalidad de gobierno. Por fin Chocobar no sólo era felicitado por sus superiores que acaso antes lo maltrataban, ahora era la Encuesta, el Estado, el Pueblo. ¡Maldición! ¡No es así!

Buenos Aires, 7 de febrero de 2018

*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional

5 Comments

  1. Héctor dice:

    El relato de Horacio González nos permite entender que esta pasando en este momento de la historia de nuestro país donde para dejar de ser nadie nos identificamos con aquel que nos ha convertido en lo que no queremos ser !!!

  2. Raymon dice:

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