Carta V a Jorge Alemán: El sacrificio – Por Ricardo Forster

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Carta V a Jorge Alemán: El sacrificio – Por Ricardo Forster

En la carta V a Jorge Alemán, Ricardo Forster afirma que sin kirchnerismo no hay peronismo, resignificación de su nombre y de su historia, y que sacrificando a Cristina en pos de la unidad, se pierde inexorablemente la partida aunque se haga esa movida en nombre de vencer al macrismo y su impiadoso proyecto.

Por Ricardo Forster

(para La Tecl@ Eñe)

Querido Jorge,

1- No deja de extrañarme, y creo que algo de esto se desprende de tus reflexiones en el segundo punto de tu última carta, que, bajo una lógica sacrificial de raíz católica en tiempos en los que la sombra de Francisco es tan significativa y compleja, se pida la cabeza de Cristina en bandeja de plata como el gesto histórico a partir del cual se podría alcanzar la tan mentada y deseada “unidad del peronismo”. Te cito: “El combustible del odio a Cristina, a su voz de mujer interpelante,  es lo que nutre a los gorilas macristas, a los peronistas negociadores e incluso a los Kirchneristas que ven en Néstor al auténtico peronista y a ella como autora de la “grieta”. Desde estos presupuestos, que como vos indicas en tu carta tienen como condición excluirla a ella no se puede negociar nada. De esa forma se perdería algo más que una elección, se perdería una identidad y un legado histórico. Por esta orientación los partidos social demócratas europeos perdieron toda su singularidad y su legado”. El reclamo del gesto sacrificial va unido a lo que se podría denominar una lógica ecuménica, esa misma que hace del significante “peronismo” un cajón de sastre en el que todo puede y debe mezclarse más allá de incongruencias, contradicciones insalvables, traiciones diversas, mezquindades, agachadas, travestismos continuos, oportunismos de larga data, metafísicas que hacen del legado de Perón un trascendental desprendido de cualquier fisura fáctica y de los daños irreparables que el tiempo histórico suele hacer sobre ideas, doctrinas, ideologías y proyectos políticos. La entelequia llamada “movimiento nacional” flota por encima de las mutaciones de historias y personajes, permaneciendo prístino y virtuoso a la espera de su definitiva consumación. La fórmula para lograr el triunfo nace de un chantaje sutil: “con Cristina sola no alcanza sin Cristina no se puede”. Sacrificio…

La condición para lograr la “unidad”, esa que supuestamente garantizará la victoria sobre el macrismo, es, queda claro, el gran sacrificio de Cristina. Los honestos, que son muchos, creen que ante la monstruosidad de lo que estamos viviendo bajo la forma de la restauración neoliberal hace que no quede otra alternativa que entregar la Dama aunque eso suponga –cosa que no suelen decir en voz alta– que también se entreguen las convicciones y la condición maldita que heredó el kirchnerismo de lo mejor del peronismo (incluso rescatándolo, como decía Nicolás Casullo, de su prostibularia condición noventista y de sus múltiples agachadas que vienen de lejos sin que ese duro dato de la historia alcance para desnutrirlo de sus fuentes plebeyas y rebeldes a las que volvió a poner sobre la escena nacional el matrimonio del sur tan execrado por propios y ajenos). Es tan insoportable y tan destructivo lo que sucede en la Argentina dominada por la peor derecha que, aunque haya que pagar un precio demasiado elevado, no exista –eso piensan– otra opción que la sacrificial en pos de la unidad. Los deshonestos la tienen clara, ante ellos surge una oportunidad dorada que suelen envolver en celofán de engañosa calidad: si bien Cristina sigue teniendo una alta popularidad con ella al frente no sólo que no alcanza para ganar sino que fragmenta al peronismo y profundiza “la grieta”. Lo deja huérfano de su mejor cualidad: la borrosa frontera de una unidad que permite que “todos estén adentro”. Lo que no dicen, como es obvio, es que el sacrificio es también la condición para la domesticación, otra vez, del peronismo transformándolo en la fuerza política capaz de garantizar la gobernabilidad en medio de la intemperie y la fragmentación social e institucional que seguramente dejará el macrismo. Gatopardistas, quieren que algo cambie para que nada cambie y que el kirchnerismo acabe convertido en una pieza de museo, en uno más de los rostros multiformes de un peronismo capaz de adaptarse a todos los giros de la realidad local y mundial (no sienten ningún escozor ni vergüenza al sumar a su taxonomía del amplio movimiento nacional el proyecto iniciado por Néstor Kirchner y luego seguido por Cristina como continuador neokeynesiano, en la línea temporal-peronista, del menemismo neoliberal. Cada uno tuvo su momento y su “justificación” histórica, lo continuo y trascendente es, claro, el movimiento nacional al que habría que ofrecerle el sacrificio de Cristina). Todo esto no elimina, por supuesto, la inquietante pregunta por el camino a seguir para ganar en el 2019.

2- “Esto evidentemente no quiere decir que no se deba pactar, sumar, establecer alianzas, extender todo lo que se pueda el frente antimacrista. La urgencia es evidente, pero no se puede hacer de un modo donde el kirchnerisno pierda su dimensión antagónica. Si se realiza de ese modo,  no sólo no está garantizado ganar en el 2019 y si se puede perder para siempre.” Me siento representado por lo que decís en el punto 3. Lo peor que podría hacer el kirchnerismo es imaginarse como el adalid único y virtuoso de la oposición. También le caben los errores, las defecciones, las confusiones, las malas elecciones… Cristina, si bien es quien mejor expresa hoy una opción popular contra el neoliberalismo, no puede –e imagino que no quiere– monopolizar, bajo su nombre y su impronta, el vasto movimiento opositor contra un gobierno que ejerce no sólo con impiedad el poder sino que se ofrece como el garante de una mutación histórico-regresiva de consecuencias terribles para el país. También es cierto que la realidad argentina es lo suficientemente caleidoscópica y azarosa como para invalidar, desde el vamos, cualquier teleología que se quiera portadora de la infalibilidad del curso de la historia. Así como la derecha macrista no tiene la vaca atada ni es expresión de una estrategia invulnerable y demoledora (muchos compañeros y compañeras incrédulos ante la brutalidad del giro neoliberal pasaron del triunfalismo de “no duran tres meses” al pesimismo de “estos tipos se eternizan de la mano de la genialidad de Durán Barba y de la suma del poder económico, mediático y judicial”), el kirchnerismo tampoco constituye, de por sí, el nombre de una victoria ineluctable porque contenga el liderazgo de Cristina.

Creo, Jorge, que vivimos, como dicen irónicamente los chinos, “tiempos interesantes” que, entre otras cosas, no llevan escrito de forma inexorable el desenlace de esta época indigente. Me inclino, quizás por mi benjaminismo, a suponer que lo único garantizado en el devenir de la historia es la reproducción de la barbarie, que la repetición no es otra cosa que la eternización del infierno del capital que se muestra capaz de devorar pasado, presente y futuro. Pero, y por eso reivindico la interpretación de Benjamin, también estoy convencido de que la realidad se rompe por el lado menos esperado, que continuidad y ruptura se juegan al mismo momento y abren opciones muy diferentes. Ni siquiera un vidente infalible (si algo así existiese) acertaría con el laberíntico discurrir de una realidad nacional cargada de sorpresas y de giros inesperados. Poco sabemos del país que nos esperará en el segundo semestre del 2019 (puede acontecer lo peor: consolidación del macrismo y dispersión de la oposición; puede que suceda todo lo contrario: crisis de representación, agotamiento del modelo de endeudamiento, movilización social creciente, etcétera). Lo cierto es que deberíamos, desde ahora, estar preparados para las distintas alternativas que se irán abriendo y sucediendo pero focalizando en la construcción de un frente lo suficientemente amplio como para expresar a una variadísima gama de opositores y, también, capaz de ser coherente y programático y de no dejarse llevar por el falso espejismo de una “unidad” desfondante y amorfa que sea colonizada por el peronismo conservador. Insisto en que el pedido de “sacrificio histórico” que se le hace a Cristina lleva dentro suyo la captura, otra vez y quizás de manera definitiva, del peronismo, si acabase por fracasar el sueño de la derecha macrista, como continuador de la restauración neoliberal. Supone el fin del antagonismo como nutriente de lo político. En última instancia este es el objetivo de la derecha: afirmar una transformación estructural de la economía y de la sociedad argentina desarmando, también, su memoria igualitarista y sus provocaciones plebeyas que, pese a sus debilidades, incongruencias y gatopardismos siguió habitando el cuerpo zigzagueante del peronismo. Para lograr esto la derecha tiene que aniquilar al kirchnerismo, es decir, a aquello que salió al rescate de una historia arrinconada por sus propias contradicciones. El reclamo de “unidad” conlleva, si el precio a pagar es el sacrificio de Cristina, el fin de lo mejor de esa tradición popular. Por eso estoy de acuerdo con vos, Jorge, cuando escribís que “el kirchnerismo no fue un momento más de la historia política argentina, también fue su corte transversal y una invención de nuevos actores sociales y políticos” que, sin embargo, hoy atraviesa tiempos difíciles y peligrosos.

3- La tentación de hablar de superación, siguiendo de modo esquemático la clave hegeliana, supone comprender el devenir de la historia desde una perspectiva lineal y progresiva, lo que convertiría al kirchnerismo en “la etapa superior del peronismo”. Para algunos esto sería óptimo e incluso lograría socialdemocratizar un proyecto demasiado inclinado hacia la disrupción y el exceso populista. Para otros una fantasía clasemediera que aspira a hacer del movimiento creado por Juan y Eva Perón una expresión, ahora sí, racional y progresista, depurada de su enlodamiento, de su plebeyismo y de su condición popular y hasta místico-cristiana. A los primeros la sed aniquiladora del poder económico-mediático que ha buscado, y en algunos casos logrado, transformar al kirchnerismo, a ojos de una amplia franja de la sociedad, en metáfora de una corrupción salvaje que ha dejado las arcas del país vacías (el “se robaron todo” funciona como santo y seña de esta lógica destructiva que permea conciencias desprovistas de autonomía reflexiva y conquistadas por la multiplicación inmisericorde del relato mediático) les impide dar ese paso hacia la “adaptación” y modernización del kirchnerismo que, aunque deseasen que sucediera todo lo contrario, sigue siendo una monstruosidad. A los segundos, ya lo señalé, les interesa, por sobre todas las cosas, dejar que la anomalía de los 12 años quede en el mejor de los casos como un vago recuerdo de una etapa necesaria pero contradictoria en la larga marcha del peronismo. De un modo u otro, y sumando la aspiración central de la derecha, todos coinciden en que el kirchnerismo es casi un fantasma del pasado, algo molesto e insistente que, sin embargo, carece de futuro. De ahí, también, que tengan que desvalorizar a Cristina, que insistan con su jubilación o, más histriónico, con su indispensable sacrificio “en bien del pueblo argentino y del país todo”.

Cristina es lo insoportable, lo maldito de la actualidad, aquello que no puede ser absorbido o capturado por el poder real. Su nombre recuerda que hubo y puede seguir habiendo lo monstruoso, el gran desafío a un país domesticado por la derecha neoliberal. Cristina, como primero Néstor, confrontó al peronismo con sus miserias, sus incongruencias, su deshistorización. Lo puso delante de su ahuecamiento, de una constatación dolorosa: que su nombre ha quedado desnutrido de potencia plebeya allí donde se buscó y se busca normalizarlo convirtiéndolo en funcional al Sistema. Cristina, su nombre, es sinónimo de descentramiento, de ruptura, de antagonismo. Esa es la matriz de su liderazgo y, quizás, de sus encrucijadas y límites en el interior de una sociedad dañada hasta la médula por el intento brutal de sometimiento y domesticación sostenido en la pérdida de la fuerza bruta y la potencia simbólica de lo que fuera, en sus mejores momentos, el peronismo. Digo, querido Jorge, que sin kirchnerismo no hay peronismo, resignificación de su nombre y de su historia. Sacrificando a Cristina se pierde inexorablemente la partida aunque se haga esa movida en nombre de vencer al macrismo y su impiadoso proyecto. La seguimos, abrazo grande. Ricardo

12 Comments

  1. Raquel Burgos dice:

    El peronismo crítica a Critina lo mismo que padece hace décadas: el verticalismo de caudillos y jefes. La gran diferencia querido es que en este caso Ella es mujer. Evita es la gran representante de los olvidados pero nunca tuvo decisión económica ni política. Fue y es el gran emblema de la Justicia Social. Cristina también mujer pero con decisiones muy claras y contundentes. El peronismo para unirse y ganar una elección tiene y debe volverse”feminista”. Mientras haya machos y no hombres el poder de mando se vuele irracional.

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